En una apacible villa es
de noche, solo se oyen susurros en el viento. Una fuerte inspiración
rompe esa quietud como el vendaval que anuncia la tormenta. Los
músculos se tensan. Expulsa la exhalación, la tormenta ruge.
Impacto. Astillas y hierros vuelan por doquier. De la puerta solo
queda madera para fogata. Seis hombres adormilados, medio ebrios
apenas tienen tiempo a reaccionar. Los dos ogros de nombre Spyke y
Stryke los aplastan, machacan y trituran sin compasión. Uno de los
hombres intentó echar mano a la espada que no estaba en el cinto
antes de que su rostro quedase alisado por el garrote de los ogros.
Otro hombre coge un puñal e intenta atacar a uno de los ogros, este
le coge el brazo y le propina una patada en el pecho, resultado un
hombre sin brazo y un ogro con un arma nueva. De los otros cuatro uno
queda paralizado por el miedo, uno de los ogros le aferra por el
cuello y le invita a reflexionar más alto estampando su cráneo
contra el techo y dejando caer el cuerpo como un muñeco. Los otros
huyen o al menos lo intentaron.
En el fondo de la caseta,
en lugar más apartado de la pelea hay una jaula. Y en ella una
doncella llorona. Uno de los ogros arranca con la cierta delicadeza
de la que es capaz la puerta de la jaula. Recoge a la doncella hecha
un ovillo y con cuidado la transporta fuera de la caseta. Fuera ya
esta el otro ogro extendiendo la mano demandando el pago acordado. Un
hombre que aun no había entrado en acción paga a un ogro y del otro
ogro recoge a su hija secuestrada. Padre e hija se abrazan durante un
segundo eterno, las lagrimas de los dos caen y se vierten sobre ellos
como el bálsamo que cura el trauma sufrido.
Cuando se
separan los ogros ya no están, no se les ve ni se les huele. Quienes
era pregunta la hija. No lo sé responde el padre, pero ellos me
aseguraron que por el precio acordado te recuperaría.