martes, 28 de junio de 2016

De las aventuras de Stryke y Spyke.

En una apacible villa es de noche, solo se oyen susurros en el viento. Una fuerte inspiración rompe esa quietud como el vendaval que anuncia la tormenta. Los músculos se tensan. Expulsa la exhalación, la tormenta ruge. Impacto. Astillas y hierros vuelan por doquier. De la puerta solo queda madera para fogata. Seis hombres adormilados, medio ebrios apenas tienen tiempo a reaccionar. Los dos ogros de nombre Spyke y Stryke los aplastan, machacan y trituran sin compasión. Uno de los hombres intentó echar mano a la espada que no estaba en el cinto antes de que su rostro quedase alisado por el garrote de los ogros. Otro hombre coge un puñal e intenta atacar a uno de los ogros, este le coge el brazo y le propina una patada en el pecho, resultado un hombre sin brazo y un ogro con un arma nueva. De los otros cuatro uno queda paralizado por el miedo, uno de los ogros le aferra por el cuello y le invita a reflexionar más alto estampando su cráneo contra el techo y dejando caer el cuerpo como un muñeco. Los otros huyen o al menos lo intentaron.


En el fondo de la caseta, en lugar más apartado de la pelea hay una jaula. Y en ella una doncella llorona. Uno de los ogros arranca con la cierta delicadeza de la que es capaz la puerta de la jaula. Recoge a la doncella hecha un ovillo y con cuidado la transporta fuera de la caseta. Fuera ya esta el otro ogro extendiendo la mano demandando el pago acordado. Un hombre que aun no había entrado en acción paga a un ogro y del otro ogro recoge a su hija secuestrada. Padre e hija se abrazan durante un segundo eterno, las lagrimas de los dos caen y se vierten sobre ellos como el bálsamo que cura el trauma sufrido.

Cuando se separan los ogros ya no están, no se les ve ni se les huele. Quienes era pregunta la hija. No lo sé responde el padre, pero ellos me aseguraron que por el precio acordado te recuperaría.