lunes, 28 de marzo de 2016

Bar "El Alma"

Cayó la jarra al suelo estallando en mil pedazos que se confundieron con los de su corazón, la basura y las colillas pisadas. Los muchos chicles que por el suelo se expandían blancos y machacados, ya solo eran el cuerpo de lo que una vez fue color y sabor, ya solo los masticaban las suelas de las zapatillas de quienes no creen en nada.
La sangre y el vómito encharcan y manchan con descaro y violencia cuando se vive precipitadamente, cuando los grandes atributos se mezclan con los menos honrosos y la confusión enturbia las mentes igual que los vapores que de estos suben entrando por las narices o colándose por los poros de las baldosas.  
A veces una escoba quita parte de la basura en un intento de arrancar una sonrisa a las baldosas mediante cosquillas y suave tacto, otras veces una fregona las hace relucir un poco más y empapa en suave olor a pino. Parece que no todo es basura, parece que no todo es un viscoso plasma que se pega del suelo a la bota y de la bota al suelo, parece que a veces cae alguna lágrima que empapa una diminuta zona dejando tras de sí el poco salitre que la acompañaba y abandona al evaporarse fugazmente, lágrimas de llanto y lágrimas de risa se confunden cuando ves tan solo como se precipita y choca contra el suelo la gota. Es difícil para el suelo diferenciar de donde surgió la lágrima, así pues solo piensa que son lágrimas de vida al fin y al cabo, lágrimas de miles de experiencias y sentimientos, igualmente ha escuchado que para sacar la lágrima de felicidad o de dolor se ha de realizar una extraña mueca.
Soberbios pisan los tacones que se clavan en las baldosas y dejan una profunda huella allá por donde pasan, más profundas son las huellas cuando se descalzan de esos tacones y los pies desnudos se cuelan tras la barra donde nadie debería pasar, donde es fácil cortarse con algún cristal, donde es fácil que rompa el talón a la baldosa. Cuando eso ocurre suele rebajarse el dulce ron que cae al suelo con saladas lágrimas de tristeza, creando un curioso néctar que se pega con fuerza al suelo, que difícil de quitar y acaba dejando una mancha de por vida.

Es curioso lo que nos puede contar el suelo de un bar.



Naghí Agleskhá

viernes, 18 de marzo de 2016

AL BAJAR LA PERSIANA.

Bajaba la persiana del bar, quejándose junto con el óxido del metal el óxido de su espalda. Cabizbajo, paso a paso, mirándose en los charcos de la ciudad y contándose las puñaladas que la vida le dio, se pregunta si merece la pena luchar cada día, si escogió el camino fácil o si se equivocó.
Los cordones se le desabrochan ya cansados de estar siempre en los mismos zapatos, de la misma manera la rutina se ata a su vida.
“No merece la pena”, resuena una y otra vez en su cabeza cada vez que piensa en cambiar el camino que le dirige al hogar, en variar la ruta, en buscar otro camino, las esquinas ya se ríen en su cara de verle siempre igual, más gris que el aire de la ciudad.
Se harta y cambia, un giro inesperado, un cambio de dirección en la senda asfaltada hacía su casa, hoy no seguirá las huellas ya pisadas, los escaparates se apresuran a reflejar su nuevo rumbo para que las farolas puedan contemplar el extraño y valeroso suceso, las alcantarillas se asoman para ver lo ocurrido y las baldosas levantan la cabeza para no perderse detalle, parece que levanten tanto la cabeza que se tropieza con una en el primer paso, cae de morros y se escucha el estruendo de su cabeza contra el suelo en toda la calle, solo le sigue a este estruendo un absoluto silencio, un parón del tiempo y desde el suelo, lamentándose de haber cambiado de rumbo una mano aparece para ayudarle, pero no es la mano quien levanta el estrellado cuerpo, sino la dulce sonrisa que siguió a la mano.

Hoy es un buen día para cambiar, hoy es un buen día para sonreír.



Naghí Agleskhá