viernes, 30 de enero de 2015

Requiem por los Jinetes



Hubo un tiempo en que los hombres vivían sin miedo
se despertaban con el Sol y recogían con él.
Tiempo hace ya de aquella época que fue perturbada
por el sonido de los cascos de caballos al trotar
y cabalgar hacía un aciago destino colmado de
cerveza, lujuria y violencia.
El hombre se hizo enemigo del hombre y del conflicto
nacieron los primeros jinetes, quienes amanecían con la Luna
y recogían con la Luna.
Las almas de los bares y las lágrimas de las mujeres
eran su dulce néctar, bendita la sangre de sus enemigos
mezclada con vomito y esputos, pues no conoció
un destino calmado y sosegado.
Hoy ya no veo a esos jinetes, no recuerdo sus rostros,
sus yelmos cristalinos, sus armas por las asas
ya no se levantan…
¿Donde esta mi trágico final?¿Donde están los jinetes
que un día cabalgaron a mi lado?
No recuerdo sus rostros, no recuerdo el aroma del dolor,
no recuerdo el suave tacto de las riendas que me
otorga la noche.
Fría es la hidromiel que la bendición de Odín
otorgó a la sangre de los hijos de Caín, tan fría que
ya no parece poder correr y ha helado sus
corazones.
Si aún queda un jinete en estas tierras, no temas,
no estas solo y allá donde vayas alza un grito,
un grito que resuene en el alma de los desvalidos,
que retumbe en el coraje de los bravos y avise,
avise de que mientras quede un jinete el mundo
de los hombres, debe temblar.



Naghí Agleshká

lunes, 19 de enero de 2015

El don de la maldición



No conocía algo que no fuese la noche, desde que nació esa noche infinita sin luna ni estrellas, sin un cielo al que poder colorear o sobrevolar. Atrapado en un túnel sin salida ni entrada, en el fondo de un oscuro pozo sin boca.
No había un suelo que poder pisar firmemente, sin miedo, perseguido por un vacío acechante, bordeando un eterno precipicio a cada paso.
Podía sentir el mundo entero, pues con su suave tacto lo pincelaba en su oscuro lienzo.
Podía captar la esencia de las cosas pues nunca contempló su apariencia.
Tampoco juzgó erróneamente a nadie, ni les discriminó, pues a todos les dio una oportunidad sin achacarles prejuicios.
Sonreía cada mañana con la sensación que le transmitía el lavar la ropa, al cantar mientras frotaba con sus manos la tela mojada, al oler el suave aroma a jabón que invadía el ambiente.
Ese sueño sin imagen, ese telón que nunca sube, esa eterna noche que pretendía maldecirle nunca imaginó el don que le otorgaba, ya que al privarle de la luz de la vista aprendió a guiarse por la luz del corazón.
Se que nunca leerá estas líneas, pero también se que las lleva impresas en el alma.



 Naghí Agleshká