Despertó en la cama, su
cuerpo resultaba muy pesado, los parpados como hormigón se negaban a abrirse
por completo. Algo apareció en la puerta, una figura de un encapuchado, como
alguien muy delgado tapándose con una manta de un extraño color naranja oscuro.
Pensó que era fruto del cansancio,
su imaginación y sueño. Se sentía incomodo, temía un poco a la figura pero el
cansancio le mantenía relajado e inmóvil. Cerró los ojos y al volver a abrirlos
ahí seguía, se movía de forma extraña
casi como por espasmos, pero el seguía tumbado, solo miraba y pensaba que no
podía ser real, pero algo de realidad había en ello, ahora sentía curiosidad. Volvía
a cerrar los ojos como derrota ante el cansancio, pero rápidamente se pudo
recomponer y allí estaba, ahora podía ver su rostro, una mujer de ojos azules,
pelo rubio, tez blanquecina y expresión temerosa, rondaría los cuarenta y
estaba ahí, realmente estaba ahí.
Tumbado en la cama solo podía
mirarla, ahora no sabía si realmente estaba ahí, parecía tan obvio, tan real. Otra
vez cerraría los ojos para volver a abrirlos y observar que ocurriría.
Abrió los ojos y estaba ahí,
en la puerta, desnuda, encogida, abrazada a sí misma rascándose la espalda, tan
delgadita ella que podía ver como se le marcaban las costillas. Agudizó la
vista como pudo, su cuerpo estaba invadido por pequeñas heridas o erupciones,
parecía que tenía una especie de viruela, estaba enferma su triste mirada se le
clavaba en el corazón, había algo familiar en su enfermedad, seguía debatiéndose
si era real o fruto de su perturbada mente, igualmente en ninguno de los dos
casos sabía como podría ayudarla, finalmente muy a su pesar expresó que se
fuese “vete fantasma”. Le exigió con lástima y volvió a cerrar los ojos.
Abrió los ojos y estaba ahí,
a su lado, acurrucada tan cerca que podía tocarla, la mirada de lástima se
clavaba en su alma como los clavos a la madera.
“Vete fantasma”. Suplicaba en
voz baja, “Yo no puedo ayudarte”. Se excusaba ante tal mirada. Seguía ahí, no
se iba a ninguna parte, seguía frotándose, con esa mirada desesperada de ayuda.
Extendió el brazo para intentar tocarla, le pesaba tanto que ni siquiera parecía
suyo, pero podía notar un extraño hormigueo recorriéndole su cansado brazo.
“Yo no puedo ayudarte” le
repetía lastimosamente, entonces la cara de la mujer comenzó a variar, movía su
cabeza tan rápidamente de un lado a otro que apenas podía apreciar ya su
rostro, parecía que se deformaba.
“¡Vete fantasma!”. Exclamó
cabreado y ella desapareció, se desvaneció como un rayo de Luna se desvanece al
aparecer la luz del Sol, su brazo seguía extendido con ese hormigueo que no
cesaba y se preguntaba a sí mismo si la había tocado realmente o no.
Volvió a cerrar los ojos y se
preguntó si él también estaba enfermo, si él también necesitaba ayuda y nadie
podía ofrecérsela.
Naghí Agleshká