domingo, 22 de marzo de 2015

Reflexiones de azucarillo



El cáñamo se parte con la mano y el machete cuando la espesura nos invade.
La vida es sencilla hasta que el dinero la complica y complica más al rico.
Tres onzas no son mucho ni poco, son solo tres onzas ni más ni menos.
Mirar un bosque no es mirar un árbol, mirar un mar no es mirar un océano.
Beber agua puede parecer de sedientos, vaciar el vaso solo de borrachos.
Dar la vuelta al mundo es libertad, para todo lo demás Mastercard.
Mirar y no ver, ver sin mirar, reír y no llorar, llorar sin reír.
La ballena puede tragarte, bien, ballena gratis.
Del Sol a la Luna solo hay un rayo de luz, de la Tierra al Sol la NASA.
La cosa se pone complicada, da igual porque esta la pago yo.
Una flor se abre cara al Sol y la pisan por franquista.
La nota do me gusta porque dos juntas reviven un pájaro extinto.
La tinta es más cara que el oro, pero los poemas no mueven el mundo.
La verdad siempre da miedo y la mentira es una bonita droga que nos destruye.
La guitarra se toca con los dedos, los sentimientos nos tocan con púa dura.
De un extremo de tú sonrisa al otro solo hay una curva infinita.
El sexo si no es duro hace que la cosa se ponga blanda.
De pesado a muy pesado solo hay una palabra de            .




Naghí Agleskhá

lunes, 16 de marzo de 2015

Fantasma



Despertó en la cama, su cuerpo resultaba muy pesado, los parpados como hormigón se negaban a abrirse por completo. Algo apareció en la puerta, una figura de un encapuchado, como alguien muy delgado tapándose con una manta de un extraño color naranja oscuro.
Pensó que era fruto del cansancio, su imaginación y sueño. Se sentía incomodo, temía un poco a la figura pero el cansancio le mantenía relajado e inmóvil. Cerró los ojos y al volver a abrirlos ahí  seguía, se movía de forma extraña casi como por espasmos, pero el seguía tumbado, solo miraba y pensaba que no podía ser real, pero algo de realidad había en ello, ahora sentía curiosidad. Volvía a cerrar los ojos como derrota ante el cansancio, pero rápidamente se pudo recomponer y allí estaba, ahora podía ver su rostro, una mujer de ojos azules, pelo rubio, tez blanquecina y expresión temerosa, rondaría los cuarenta y estaba ahí, realmente estaba ahí.
Tumbado en la cama solo podía mirarla, ahora no sabía si realmente estaba ahí, parecía tan obvio, tan real. Otra vez cerraría los ojos para volver a abrirlos y observar que ocurriría.
Abrió los ojos y estaba ahí, en la puerta, desnuda, encogida, abrazada a sí misma rascándose la espalda, tan delgadita ella que podía ver como se le marcaban las costillas. Agudizó la vista como pudo, su cuerpo estaba invadido por pequeñas heridas o erupciones, parecía que tenía una especie de viruela, estaba enferma su triste mirada se le clavaba en el corazón, había algo familiar en su enfermedad, seguía debatiéndose si era real o fruto de su perturbada mente, igualmente en ninguno de los dos casos sabía como podría ayudarla, finalmente muy a su pesar expresó que se fuese “vete fantasma”. Le exigió con lástima y volvió a cerrar los ojos.
Abrió los ojos y estaba ahí, a su lado, acurrucada tan cerca que podía tocarla, la mirada de lástima se clavaba en su alma como los clavos a la madera.
“Vete fantasma”. Suplicaba en voz baja, “Yo no puedo ayudarte”. Se excusaba ante tal mirada. Seguía ahí, no se iba a ninguna parte, seguía frotándose, con esa mirada desesperada de ayuda. Extendió el brazo para intentar tocarla, le pesaba tanto que ni siquiera parecía suyo, pero podía notar un extraño hormigueo recorriéndole su cansado brazo.
“Yo no puedo ayudarte” le repetía lastimosamente, entonces la cara de la mujer comenzó a variar, movía su cabeza tan rápidamente de un lado a otro que apenas podía apreciar ya su rostro, parecía que se deformaba.
“¡Vete fantasma!”. Exclamó cabreado y ella desapareció, se desvaneció como un rayo de Luna se desvanece al aparecer la luz del Sol, su brazo seguía extendido con ese hormigueo que no cesaba y se preguntaba a sí mismo si la había tocado realmente o no.
Volvió a cerrar los ojos y se preguntó si él también estaba enfermo, si él también necesitaba ayuda y nadie podía ofrecérsela. 



 Naghí Agleshká

lunes, 2 de marzo de 2015

La Fina



La cantina de La fina era famosa en todo el este por su delicado vino, aún no te habías acabado la primera copa y ya pedías la siguiente. Las señoras más adineradas acudían de siete de la tarde a ocho y media, los grupos de hombres adinerados lo visitaban de nueve a once, dando media hora de margen entre ellos y las señoras, las cuales algunas eran sus esposas, para… digamos… en fin, evitar situaciones incomodas entre quien sale alegre y entra sereno, o bien para no coincidir con tu pareja conyugal en el lugar en que ninguno de los dos dirá al otro que anduvo alguna vez. Pero aún falta un grupo por nombrar, el de once y media hasta el cierre, el de los bohemios, mal llamados por la zona como “almas de lágrimas”, este grupo era de lo más variopinto, sombreros algunos de copa otros bowler, unos boinas otros gorra, corbata o pajarita, chaqueta y etiqueta o chaqueta y pelea, zapatos de tacón o zapatos con cordón, de afeitado o de barba. Todos piden de primera copa un vino y de segunda un suspiro, la tercera es la más especial, el preparado de la absenta verde con todo detalle en su vaso Pontarlier, su azúcar y su agua, lleva un tiempo servir adecuadamente el brebaje, pero merece la pena la espera. 
Recuerdo una noche sentado en aquella barra como se preparaba a un parroquiano de La Fina un trago de absenta, la camarera que ya le conocía vertía unas gotitas menos de agua que a otros parroquianos, mientras que a otros les variaba  la azúcar o cantidad de absenta. Desde luego no era por descuidos de quien les servía, sino porque ya conocían sus gustos y como preparar a cada uno de ellos su absenta ideal, al menos eso me decía la sonrisa que puso tras el primer trago aquel pobre diablo. A partir de la primera de la tercera copa, todos comenzaban a adquirir en su rostro la expresividad que mantendrían toda la noche, la melancolía solía abundar sobre la alegría y la alegría sobre la serenidad. Realmente tan poca alegría solo era fruto de su humor cínico en el que resultaba más adecuado derramar una lágrima que desemboque en una sonrisa que no una carcajada que exilie del ojo una o muchas lágrimas al finalizar el chascarrillo.
Que curiosa la cantina La Fina, no tenía relojes pues la clientela ya marcaba las horas, tras las vísperas llegaban las mujeres, que para ahorrar de atascos se cambiaba en los baños el letrero poniendo los dos para mujeres, tras las completas ponían los dos para hombres y para quienes ya no se preocupaban de orar directamente quitaban los letreros.
La cantina en sí, era una obra de arte tan exquisita que requeriría varios volúmenes para poder describirla con el adecuado detalle que merece, cada parte de su mobiliario tenía una historia, un detalle físico, un recuerdo, en definitiva, un color único. Cuantas leyendas se habrán escrito sobre esa cantina, de cuantas noticias de prensa ha sido portada, cuantas novelas hablan de la cantina y cuantas otras nacieron allí. Todo en ella tiene un gran valor, todo resulta mágico y poético, la disposición de las mesas podría evocarnos una Odisea de Homero o un Robinson Crusoe de Daniel Defoe, leer los principios matemáticos mediante los cuales se ordenaban las botellas tras la barra o los salmos que indican como disponerlas en su correcto lugar, pero siempre me pregunto, ¿Quién será el maestro que dedique su merecido poema al pomo de la puerta?
Tampoco podemos hablar de la cantina sin hablar de su legítima dueña, la Fina, pero eso lo dejaré para otro día, tanto hablar de la cantina me despertó la nostalgia que produce el olor de su vino, así pues, permítanme que abandone mi educación en el valle de la serenidad para recoger mi descortesía del valle de los vicios.


Naghí Agleshká