domingo, 11 de septiembre de 2016

Caminando


Cogió su maleta con apenas unos trapos que poder ponerse y otras pocas pertenencias de su perro, su neceser con poco más que un cepillo de dientes y las ilusiones que había ido plantando a lo largo del tiempo.
Por fin frente a la puerta, una gran puerta de pesado plomo, de dimensiones gigantescas y duro pomo. Girar el pomo y abrirla, pese el esfuerzo titánico que requería, no significaba cruzarla. Pero una vez abierta y mirando tras ella puedo comprobar que lo mismo daba, seguía sin ver nada, una densa niebla invadía el otro lado y no parecía poder encontrar un punto fijo en que apoyar el primer paso.
Pese a todo, su convicción era fuerte y sus ilusiones guiaban un corazón más fuerte que la llama capaz de iluminar el fondo del océano.
“No mires abajo”, se repetía en su cabeza continuamente mientras mantenía la mirada en un crudo pulso con el infinito. “El primer paso es el más difícil”, solían decir los antiguos peregrinos y vaya que si lo era, con el pie suspenso en el aire sabía que podía equivocarse y dar con el vacío bajo él, pero su convicción, sus ganas de vivir, de luchar por lo que cree, hicieron caer el pie con fuerza y seguridad. Golpeó contra el suelo su cascada bota y despejó toda niebla que hubiese en su frente. Por fin parecía que lograría encontrar algo mejor, pese al temblor de su pierna, ahora sabía que ningún paso se quedaría tan solo en su mente, que andaría dejando la pesada puerta cada vez más lejana, que despejaría toda niebla a su paso y dejaría huella por donde pasara.
Ya no hay tiempo para las tinieblas, ya no hay puertas demasiado pesadas, ya no hay suelos que se oculten, ya solo queda caminar y seguir caminando hacía el destino que siempre había soñado.




Naghí Agleskhá

viernes, 19 de agosto de 2016

Pedacito de luna

Recogió en la palma de su mano aquel pedacito de luna que cayó en aquella prohibida noche, bajo el sonido de acordes prohibidos, en aquel valle prohibido y en esa ceremonia prohibida.
Recuerdo su brazo extenderse hacía mi pecho, abriendo la mano y mostrándome lo que antes fue un pedacito de luna, ahora presentándose como las más blanca flor que haya podido ver a lo largo de toda mi vida. La presionó sobre mi pecho como quien tapa una herida sangrante y note sus pétalos fundirse con mi piel.
Un cálido sentimiento se hundía junto con la flor, y un bello aroma me envolvió la mirada haciendo de la persona que tenía delante un astro más brillante que cualquier otro que pudiera encontrar en el cosmos.

Desde aquella noche, no he vuelto a mirar a la Luna con los mismos ojos.







Naghí Agleskhá 

lunes, 18 de julio de 2016

Árbol

El humo luchaba contra el agua en su ascensión cósmica, mientras bajo su mirada el agua castigaba las ascuas de lo que antes fue un anciano árbol. El humo anclando sus raíces en las brasas creaba una columna entre tierra y cielo. Columna que se desprendería de la tierra en su ascensión hasta juntarse con las cargadas nubes y superarlas.
Pronto llegó ella, pisando con suavidad, pisando como solo los gatos pisan, las ya frías cenizas y dejando tras de sí, fugaces huellas que el viento se llevaría.
En lo alto los pájaros observan su andar y el paisaje despoblado sin el viejo árbol que lo habitaba. Cantares de lástima se entonan en lo alto tras observar las cenizas de lo que una vez fueron nidos.
En su triste caminar dejaba las cenizas por el prado, dejaba la historia que vivió aquel viejo espíritu anclado, espíritu que ahora se extendía entre tierra y cielo, que ahora caminaba sin piernas por su valle y volaba sin alas por su cielo.
Ya no albergaría nidos o madrigueras, ya no sería la gran casa, el gran hogar en que se había convertido. Hogar bajo el cual ella ya no podría volver a sentarse a escribir, leer, sentir…
Se giró giro esperando ver otra vez sus ramas, sus hojas, su tronco, pero solo encontró ceniza, ceniza sobre sus huellas, en el aire y en las nubes.
No pudo sostener con la visión del vacío paisaje la lágrima que escapaba desde el vacío de su corazón, una lágrima más intensa que el mar cayó sobre sus pies llevándose consigo parte de las cenizas que le cubrían.
Entendió pues, que ahora su hogar se extendía por todo el mundo. 



Naghí Agleskhá 

jueves, 14 de julio de 2016

La estampa del enano

Como un demonio salió disparado aquél enano contra la mal cuidada fachada de aquella vieja casa, cayendo la pintura y dejando su silueta adornada con un hilillo de oscura sangre que se resbalaba hacía el tendido y maltrecho cuerpo del enano.
Dos años han pasado desde que aquel famoso ogro estampó al enano, de cuyas barbas el viento se encargó de esparcir por lo largo y ancho del territorio. Ahora la casa es una famosa taberna llamada “La estampa del enano”, bueno, famosa para ladrones, rateros, trileros y todo hijo de la mala estrella que les acompaña. Como es habitual, la sangre friega los sucios suelos del local.
Diezmada barra de bar, afilada a golpe de jarra, reseca del alcohol y cuidada por el sucio trapo del tabernero.
Una pesada jarra golpea la estropeada madera con fuerza, un fuerte ruido acompañado por el tintineo de dos monedas bailando sobre la madera y charcos de cerveza. Vieja jarra de vieja madera y endeble metal, endeble sobre todo si se compara con el frío y duro acero de “Asalta vidas”. Esa era la espada de Rata Negra, corta, algo fina pero letal. Pese los incontables baños en sangre a los que se había sometido desde la punta al mango se mantenía brillante, parecía acabada de robar de alguna exposición, de hecho, si daba la luz del Sol directamente a la hoja podían verse esos reflejos eléctricos que caracterizan el acero sureño. Carecía de ornamentos o grabados, pues era una herramienta no diferente de la jarra de cerveza que reposaba sobre la barra, es cierto, esta no se llenaba de ningún líquido, pero vaciaba vidas y carteras por igual.
El largo mostacho de Rata Negra se pintó de blanco con la espuma excedente de la cerveza, su gesto preocupado, absorto en alguna endemoniada idea, preocupaba a muchos presentes, pero más debían preocuparse los acaudalados señores que no se encontraban en “El enano”.
A quienes no pareció importarles fueron a unos niños que andaban jugando a las peleas con cucharas de madera y cuencos por cascos.
Uno de ellos pareció maravillarse por el brillo de “Asalta vidas”, absorto por el brillo se olvidó del juego. El resto de muchachos no tardó en percatarse también del brillo que esta desprendía y también quedaron absortos por la hipnótica espada, la cual les parecía tener algún tipo de velo mágico.
Uno de ellos miró a Rata Negra y le exigió la espada, sino, le matarían.
Rata Negra no pareció asombrarse, era habitual encontrar ladronzuelos por esos lares, se giró manteniendo apoyado el brazo izquierdo en la barra, cogido a la cerveza como si de un ancla inamovible se tratase. Ante sus ojos aparecían cuatro niños amenazantes con largos cuchillos en sus manos que apuntaban hacía su teñido bigote.
La exigencia se repitió con mayor volumen y Rata Negra accedió con un gesto de cabeza. Automáticamente desenvainó con su diestra la espada, con tal rapidez que apenas pudieron ver como rajaba el rostro del chico situado más a su izquierda, rápidamente bajo la espada y la clavó, cual hacha en un tronco, en la cabeza del niño situado enfrente. Pese que el cuerpo de un niño no es tan rígido o robusto como el de un adulto, la espada pareció atrancarse en su cráneo. Percance que aprovechó Rata Negra para mover el cuerpo del joven hacía la derecha e impedirles el paso a los otros dos niños. Los dos que quedaban y el maltrecho muchacho salieron corriendo infiriendo insultos y maldiciones por doquier.
Al desprenderse el cuerpo de la espada cayó de esta toda sangre que hubiese podido acumular, como si de un material impermeable se tratase. Volvió a girarse y entonces se dio cuenta que debía limpiarse el manchado bigote.
El silenció gobernó en la taberna un rato, todos los presentes eran conscientes del agravio cometido, no por matar al niño y desfigurar al otro, sino por matar a un hijo del clan “Huella de sangre” y desfigurar a otro.

Bastantes problemas tenía ya Rata negra como para preocuparse ahora también de un padre furioso y su enjambre de locos.





 Naghí Agleshká

martes, 28 de junio de 2016

De las aventuras de Stryke y Spyke.

En una apacible villa es de noche, solo se oyen susurros en el viento. Una fuerte inspiración rompe esa quietud como el vendaval que anuncia la tormenta. Los músculos se tensan. Expulsa la exhalación, la tormenta ruge. Impacto. Astillas y hierros vuelan por doquier. De la puerta solo queda madera para fogata. Seis hombres adormilados, medio ebrios apenas tienen tiempo a reaccionar. Los dos ogros de nombre Spyke y Stryke los aplastan, machacan y trituran sin compasión. Uno de los hombres intentó echar mano a la espada que no estaba en el cinto antes de que su rostro quedase alisado por el garrote de los ogros. Otro hombre coge un puñal e intenta atacar a uno de los ogros, este le coge el brazo y le propina una patada en el pecho, resultado un hombre sin brazo y un ogro con un arma nueva. De los otros cuatro uno queda paralizado por el miedo, uno de los ogros le aferra por el cuello y le invita a reflexionar más alto estampando su cráneo contra el techo y dejando caer el cuerpo como un muñeco. Los otros huyen o al menos lo intentaron.


En el fondo de la caseta, en lugar más apartado de la pelea hay una jaula. Y en ella una doncella llorona. Uno de los ogros arranca con la cierta delicadeza de la que es capaz la puerta de la jaula. Recoge a la doncella hecha un ovillo y con cuidado la transporta fuera de la caseta. Fuera ya esta el otro ogro extendiendo la mano demandando el pago acordado. Un hombre que aun no había entrado en acción paga a un ogro y del otro ogro recoge a su hija secuestrada. Padre e hija se abrazan durante un segundo eterno, las lagrimas de los dos caen y se vierten sobre ellos como el bálsamo que cura el trauma sufrido.

Cuando se separan los ogros ya no están, no se les ve ni se les huele. Quienes era pregunta la hija. No lo sé responde el padre, pero ellos me aseguraron que por el precio acordado te recuperaría.

lunes, 25 de abril de 2016

Cuando acabó la música

Cuando acabó la música todo el mundo supo que se acababa la fiesta, todos menos aquel hombre encerrado en su propia cabeza, ya no quedaba nadie y salió a la fría calle, andando en un camino de una sola dirección se topó con sus recuerdos. Recuerdos de dolor y tristeza que no podían llevar más que a la amarga derrota, derrota a la que le condujo la mala decisión, el error de no saber actuar como se esperaba de él.
Corría el aire por sus espaldas como quien pierde el último metro , corría el tiempo arrastrado por el viento en su contra, entre sus pasos se lamentaban sus gastadas suelas y de entre lo perdido solo encontraba las preguntas que no pudo resolver.
Perdición era su nombre y desolación pasaba a ser su primer apellido, en un mundo donde lo auténtico muere con los cambios no pudo ver de la realidad que le envolvía. En su cabeza sonaba la misma pregunta una y otra vez, la misma pregunta que aquel grupo de Ourense tantas veces repitió, ¿Qué hacer cuando lo sueños se van?
Entraba el gélido aire por su cuerpo y las fachadas de los edificios se negaron a cubrirle, los árboles se inclinaban para evitar su olor a alcohol y tabaco barato. Los pasos, que no dejaban huella alguna ya, se tambaleaban cuanto más avanzaban, sin saber dónde ir, sin saber dónde parar, sin poder regresar tras de sí y desandar el camino realizado hasta el punto donde todo se frustró, donde todo calló como un mal castillo de naipes.

Buscaba la Luna con su mirada como quien busca el consuelo, sus manos palpaban el aire esperando encontrar la respuesta que solo las buenas musas son capaces de otorgar a los poetas. Ya no había camino, ya no había ni Luna ni musas, ahora solo el viento y el tiempo le arrastraban esperando la respuesta, esperando resolver la duda que habitaba en su cabeza “Que hacer cuando los sueños se van?




Naghí Agleskhá

jueves, 21 de abril de 2016

Silencio y oscuridad.

Los tambores retumbaban, los vasos golpeaban en las mesas marcaban el ritmo de sus cantos, la luz tenue los cubría a todos como un espeso manto del que ninguna luz los libraría.
La cerveza se derramaba por el suelo y los veinte pies de los diez valientes se empapaban en el tibio alcohol.
El silencio fuera de la taberna inundaba todos los rincones del pueblo, solo en dos lugares podías escapar de él. Fuera donde se entona el afilar de espadas y hachas, donde los pasos apresurados baten la tierra y el golpeteo de los arcos contra los yelmos se hacían presentes y dentro de aquella taberna donde oscuros cantos proclamaban a la muerte con valor y pasión.
Poco tiempo quedaba, los escudos esperaban ansiosos el primer golpe, la primera muesca que la batalla hiera en su robusta piel de roble. Los últimos tragos saciaron su sed y desvanecieron la idea de una huida. Solo si aguantan esa noche al enemigo sus familias podrán alcanzar un lugar seguro, solo si luchan podrán vivir quienes lo merecen.
Se abrió la puerta de la taberna, el silencio entró e inundó la sala, solo oscuridad y silencio les acompañaban esa noche, solo una noche y todo habrá salido bien.
El primero que se situó en el grupo desenvaino la gran espada que portaba, alzada en mitad de la noche reflejó los rayos que la luna les otorgaba y como un faro alumbró las calles que daban hacía los valientes, volvieron a entonar los cantos proclamando la muerte.

No había silencio ya, no había oscuridad, no había miedo a la muerte, solo amor a la vida que con valor defenderían, solo amor a la vida que perderían. 



Naghí Agleskhá