miércoles, 13 de mayo de 2015

Buenos Días



[..] Todo está oscuro, no recuerdo como he llegado aquí, me duele la cabeza un horror, ¿dónde estoy? Una punzada de dolor hace que me espabile durante una fracción de segundo, pero el atontamiento vuelve.

 No soy capaz de pensar con claridad. Es como si estuviera drogado o algo, ¿resaca?, no soy capaz de abrir los ojos. Un momento, oigo algo, son como voces lejanas, no identifico qui... espera, si, no le pongo cara, pero sé que esa voz me es familiar. Algo en mi cabeza me dice que tengo que levantarme o algo pasará, pero mi cuerpo no reacciona. Si tan solo pudiera escuchar que dicen, o saber que hacen, podría saber que va a pasar. Intento concentrarme en escuchar... mierda, otra punzada de dolor que me provoca un destello de luz en la cabeza hace que pierda la concentración. Intento calmarme, respiro hondo, parece que funciona, no consigo entender que pasa, pero escucho una risa que se apaga casi al instante...

Recupero la consciencia, más o menos, dado que aún no soy capaz de abrir los ojos, o será que estoy soñando porque no noto el peso de mi cuerpo. Siento como si estuviera flotando, o como si algo me llevase. Por un momento recuerdo los días de infancia en los que mi padre me levantaba de la cama para que no llegara tarde al colegio -Papá no quiero ir al cole-...

Espera, ¿risas? -¡Cabrones!- es lo único que me da tiempo a gritar, mientras que todos los puntos se unen como un puzzle y hacen que lo comprenda todo. Es una sensación fría, como la de estar dentro del agua en un caluroso día de verano. Abro los ojos y todo es de un tono azulado brillante, la luz del Sol rebota en los claros azulejos que hay en la pared de la piscina donde acabo de despertar cegándome durante un breve momento. De fondo, unas risas apagadas por la densidad del agua, llegan a mis oídos y me hacen sonreír. Para cuando he salido a respirar todo el mundo esta en el suelo.

Buenos días mamonaz... digo, ¡amigos!




Pedro T

sábado, 9 de mayo de 2015

Miradas



Abría los libros con el corazón, pasando por sus suaves dedos cada hoja, pasando por sus ojos de negro tinta cada palabra memorizándola en su cabeza. Todas aquellas novelas, todos aquellos ensayos, esos poemas extensos sobre el amor verdadero, todo ejercía una influencia sobre su mirada al mundo, una mirada incomprendida por una sociedad que tiene su propia mirada ajena a la suya, una mirada que juzga y no concibe que pueda haber otro tipo de mirada. Un duelo verbal entre los dos mundos, cada uno con su idioma, cada uno tras su muralla.
Hace tiempo que miro en la misma dirección y de la misma manera que el resto, el mundo parece estar resuelto, solo tienes que mirar, pero ya no hay nada que pararse a observar, ya no hay nada sobre lo que pararse a pensar. Aún así, al ver su mirada al mundo no puedo evitar sentir una angustia interior, una angustia que nunca he sabido de donde procede, ni que tripa se me ha roto para sentirme mal al ver una mirada libre, una mirada diferente al resto, una mirada valiente y alegre, una mirada feliz.
No puedo sentirme indiferente ante esa mirada, rompe mi indiferencia y me molesta abandonar mi comodidad, necesito sentir que a mi también me mira, pero temo que lo haga. No soy capaz de descifrar sus ojos y tengo que ponerles el color de los míos para poder verlos y entender su mirada desde la mía, pero ya no soy capaz de mirar de la misma manera, me siento como si tuviese que recorrer un infinito laberinto para poder llegar a su mundo.
¿Y si le ocurriese algo horrible por no mirar al mundo como lo hacemos todos? ¿Y si me esta ocurriendo algo horrible por mirar como el resto?
Me despierta las dudas que no quería que saliesen de su baúl, me despierta el miedo al saber, me despierta una atracción fatal al como debería vivir y no al como vivo.
Pero mi mirada es como la del resto, no esta sola y la suya sí.
Reconozco que echaré de menos su manera de abrir los libros, pero no puede ser diferente.





Naghí Agleskhá

martes, 5 de mayo de 2015

La taberna en el bosque



Bajo la lluvia una semilla lanzaba sus primeros brotes, sagrados para unos, malditos para otros.
Justo encima un pie surcaba con forma de huella la tierra sobre la que crecía, húmeda y blanda por la lluvia pronto se enfangó, pero no cedían los pasos ni frenaban su marcha, el destino estaba claro, el objetivo también y la huella fue ahondándose más y más en la tierra ya enfangada con cada pie que se apoyaba en ella.
Muchos eran los hombres que viajaban en la misma dirección, una extraña procesión de oscuros mantos y tenues antorchas, en dos filas se dirigían hacia el norte con una asombrosa sincronización en cada uno de sus pasos, tal era que parecía al ver las huellas que solo dos hombres muy corpulentos habían pasado por ahí.
El silencio de los hombres contrarrestaba con el sonido del agua chocando contra ellos y el extraño ataúd que llevaban consigo.
Las ramas de los árboles parecían evitar tener contacto con tal procesión, o tal vez fuese que el viento las apartaba, los búhos no ululaban ni las luciérnagas se iluminaban cuando sentían la presencia de tal compañía. El bosque parecía temer la luz que la luna desprendía sobre él, el bosque parecía temer el silencio que provocaba, el bosque temía la oscura marcha.
Una cabaña situada en la falda de la montaña que rodeaba el bosque se iluminaba con una la luz del relámpago y dejando entrever un cartel en su entrada de lo que parece ser el único edificio de un poblado maldito.
El silencio rodeó la extraña cabaña, las alimañas salían de ella como si esta de pronto hubiese sido incendiada y frente a ella un extraño viento chocó contra su puerta, tras el viento apareció tan extraña comparsa tras el viento la lluvia se congeló y un suave granizo de muerte cayó al suelo.
La formación de la procesión se rompió, una figura con una antorcha en una mano y un extraño libro encuadernado en extraño cuero se adelantó, abrió la gran puerta de la cabaña y se adentró en la oscuridad de esta. Tras él fueron el resto.
Dentro solo la luz de sus antorchas iluminaba la sala, solo una gran mesa en medio de la sala sobre la cual apoyaron el ataúd y el extraño grupo rodeándola podía verse.
El extraño que abrió la puerta levantó un brazo con el libro y cedió su antorcha a otro. Automáticamente dos de ellos quitaron la tapa del ataúd pero no podía verse su interior aún.
El portador del libro se alzó sobre el ataúd, abrió el libro y leyendo unos versos de este, enfocó las paginas hacía el interior del ataúd y clavó en el libro un extraño cuchillo, el libro comenzó a derramar sangre, sangre que caía sobre el interior del ataúd, sangre maldita, la lluvia y el relámpago parecían querer evitar el acontecimiento con toda su furia, pero ya nada podía parar un ritual en el seno de tan extraña y oscura magia, la luna reía al verlo y el bosque lloraba sintiéndolo.
Bajo la sangre una semilla lanzaba sus primeros brotes, sagrados para unos, malditos para otros.




 Naghí Agleskhá