Sabía que no volvería a
verla, que no había vuelta atrás. Las manos se separaban mientras las miradas
se clavaban en el otro con acuosos clavos y salinos remaches.
Una fracción de segundo
separaba dos momentos, el momento en que aún se mantenía la mirada y el momento
en que se separaban arrancando clavos y remaches.
En esa fracción de segundo un
profundo sentimiento desde lo mas hondo de su ser viajaba a sus pulmones donde
en un acto mágico de materialización el sentimiento era arrastrado por la
expiración, manifestándose en el mundo en forma de sonido. Emergieron
abruptamente las dos palabras más temidas y más hermosas que una cultura puede
poseer.
Las fuerzas desaparecieron
tras esa fracción de segundo, la materialización de su sentimiento le dejó exhausto
y abatido retrocedió buscando un punto sobre el que poder ver toda la situación,
un punto que se mantuviese firme, un punto en el que poder encontrarse a sí
mismo.
Ella no podía volver la
mirada otra vez, las palabras impactaron en su rostro quebrantando su corazón. Clavos
y remaches volaban unidos, desmontando así el marco de un lienzo de años de
esfuerzo y dedicación, una pintura viva que ahora pasaba a formar parte de la
galería de los bellos recuerdos.
El mar en calma parecía
querer acunar el viaje de su amada, enjaulada, sin entender porqué ni adonde
iba, tan solo entendía que era un viaje de ida sin posibilidad de vuelta. La selva
parecía querer abrazarle pero únicamente conseguía perderlo entre ramas, raíces y hojas
ahora desconocidas para él.
El nuevo ser humano
permanecía ajeno al momento pese a estar envuelto en él, pese a ser la causa
del momento que se vivía y a la vez desvivía. El mal llamado Nuevo Mundo nacía
con la destrucción de si mismo y los cuerpos de sus legítimos pobladores ahora
se cubrían con la tierra que con tanto amor recorrieron.
Sabía que al igual que el
antiguo ser humano ahora solo esperaba el momento de su final y él sintiéndose
identificado con el dolor y la pérdida que sufrían los antiguos seres humanos a
manos de los nuevos seres humanos, pensó en cubrir su cuerpo también con la
tierra que una vez recorrió en armonía y felicidad con su amada.
Se tumbó y mientras esperaba
la llegada del astuto jaguar, observaba el cielo que en otra época les observó unidos,
miraba los árboles que trepó junto a ella y ya ninguno daba frutos.
Una sombra se movió, la que
se encargaría de convertirse en el oscuro telón que bajaría para jamás volver a
alzarse.
Naghí Agleshká