lunes, 25 de abril de 2016

Cuando acabó la música

Cuando acabó la música todo el mundo supo que se acababa la fiesta, todos menos aquel hombre encerrado en su propia cabeza, ya no quedaba nadie y salió a la fría calle, andando en un camino de una sola dirección se topó con sus recuerdos. Recuerdos de dolor y tristeza que no podían llevar más que a la amarga derrota, derrota a la que le condujo la mala decisión, el error de no saber actuar como se esperaba de él.
Corría el aire por sus espaldas como quien pierde el último metro , corría el tiempo arrastrado por el viento en su contra, entre sus pasos se lamentaban sus gastadas suelas y de entre lo perdido solo encontraba las preguntas que no pudo resolver.
Perdición era su nombre y desolación pasaba a ser su primer apellido, en un mundo donde lo auténtico muere con los cambios no pudo ver de la realidad que le envolvía. En su cabeza sonaba la misma pregunta una y otra vez, la misma pregunta que aquel grupo de Ourense tantas veces repitió, ¿Qué hacer cuando lo sueños se van?
Entraba el gélido aire por su cuerpo y las fachadas de los edificios se negaron a cubrirle, los árboles se inclinaban para evitar su olor a alcohol y tabaco barato. Los pasos, que no dejaban huella alguna ya, se tambaleaban cuanto más avanzaban, sin saber dónde ir, sin saber dónde parar, sin poder regresar tras de sí y desandar el camino realizado hasta el punto donde todo se frustró, donde todo calló como un mal castillo de naipes.

Buscaba la Luna con su mirada como quien busca el consuelo, sus manos palpaban el aire esperando encontrar la respuesta que solo las buenas musas son capaces de otorgar a los poetas. Ya no había camino, ya no había ni Luna ni musas, ahora solo el viento y el tiempo le arrastraban esperando la respuesta, esperando resolver la duda que habitaba en su cabeza “Que hacer cuando los sueños se van?




Naghí Agleskhá

jueves, 21 de abril de 2016

Silencio y oscuridad.

Los tambores retumbaban, los vasos golpeaban en las mesas marcaban el ritmo de sus cantos, la luz tenue los cubría a todos como un espeso manto del que ninguna luz los libraría.
La cerveza se derramaba por el suelo y los veinte pies de los diez valientes se empapaban en el tibio alcohol.
El silencio fuera de la taberna inundaba todos los rincones del pueblo, solo en dos lugares podías escapar de él. Fuera donde se entona el afilar de espadas y hachas, donde los pasos apresurados baten la tierra y el golpeteo de los arcos contra los yelmos se hacían presentes y dentro de aquella taberna donde oscuros cantos proclamaban a la muerte con valor y pasión.
Poco tiempo quedaba, los escudos esperaban ansiosos el primer golpe, la primera muesca que la batalla hiera en su robusta piel de roble. Los últimos tragos saciaron su sed y desvanecieron la idea de una huida. Solo si aguantan esa noche al enemigo sus familias podrán alcanzar un lugar seguro, solo si luchan podrán vivir quienes lo merecen.
Se abrió la puerta de la taberna, el silencio entró e inundó la sala, solo oscuridad y silencio les acompañaban esa noche, solo una noche y todo habrá salido bien.
El primero que se situó en el grupo desenvaino la gran espada que portaba, alzada en mitad de la noche reflejó los rayos que la luna les otorgaba y como un faro alumbró las calles que daban hacía los valientes, volvieron a entonar los cantos proclamando la muerte.

No había silencio ya, no había oscuridad, no había miedo a la muerte, solo amor a la vida que con valor defenderían, solo amor a la vida que perderían. 



Naghí Agleskhá