Como un demonio salió
disparado aquél enano contra la mal cuidada fachada de aquella vieja casa,
cayendo la pintura y dejando su silueta adornada con un hilillo de oscura
sangre que se resbalaba hacía el tendido y maltrecho cuerpo del enano.
Dos años han pasado desde
que aquel famoso ogro estampó al enano, de cuyas barbas el viento se encargó de
esparcir por lo largo y ancho del territorio. Ahora la casa es una famosa
taberna llamada “La estampa del enano”, bueno, famosa para ladrones, rateros,
trileros y todo hijo de la mala estrella que les acompaña. Como es habitual, la
sangre friega los sucios suelos del local.
Diezmada barra de bar,
afilada a golpe de jarra, reseca del alcohol y cuidada por el sucio trapo del
tabernero.
Una pesada jarra golpea
la estropeada madera con fuerza, un fuerte ruido acompañado por el tintineo de
dos monedas bailando sobre la madera y charcos de cerveza. Vieja jarra de vieja
madera y endeble metal, endeble sobre todo si se compara con el frío y duro acero
de “Asalta vidas”. Esa era la espada
de Rata Negra, corta, algo fina pero letal. Pese los incontables baños en
sangre a los que se había sometido desde la punta al mango se mantenía
brillante, parecía acabada de robar de alguna exposición, de hecho, si daba la
luz del Sol directamente a la hoja podían verse esos reflejos eléctricos que
caracterizan el acero sureño. Carecía de ornamentos o grabados, pues era una
herramienta no diferente de la jarra de cerveza que reposaba sobre la barra, es
cierto, esta no se llenaba de ningún líquido, pero vaciaba vidas y carteras por
igual.
El largo mostacho de Rata
Negra se pintó de blanco con la espuma excedente de la cerveza, su gesto
preocupado, absorto en alguna endemoniada idea, preocupaba a muchos presentes,
pero más debían preocuparse los acaudalados señores que no se encontraban en
“El enano”.
A quienes no pareció
importarles fueron a unos niños que andaban jugando a las peleas con cucharas
de madera y cuencos por cascos.
Uno de ellos pareció
maravillarse por el brillo de “Asalta
vidas”, absorto por el brillo se olvidó del juego. El resto de muchachos no
tardó en percatarse también del brillo que esta desprendía y también quedaron
absortos por la hipnótica espada, la cual les parecía tener algún tipo de velo
mágico.
Uno de ellos miró a Rata
Negra y le exigió la espada, sino, le matarían.
Rata Negra no pareció
asombrarse, era habitual encontrar ladronzuelos por esos lares, se giró
manteniendo apoyado el brazo izquierdo en la barra, cogido a la cerveza como si
de un ancla inamovible se tratase. Ante sus ojos aparecían cuatro niños
amenazantes con largos cuchillos en sus manos que apuntaban hacía su teñido
bigote.
La exigencia se repitió
con mayor volumen y Rata Negra accedió con un gesto de cabeza. Automáticamente
desenvainó con su diestra la espada, con tal rapidez que apenas pudieron ver
como rajaba el rostro del chico situado más a su izquierda, rápidamente bajo la
espada y la clavó, cual hacha en un tronco, en la cabeza del niño situado
enfrente. Pese que el cuerpo de un niño no es tan rígido o robusto como el de
un adulto, la espada pareció atrancarse en su cráneo. Percance que aprovechó
Rata Negra para mover el cuerpo del joven hacía la derecha e impedirles el paso
a los otros dos niños. Los dos que quedaban y el maltrecho muchacho salieron
corriendo infiriendo insultos y maldiciones por doquier.
Al desprenderse el cuerpo
de la espada cayó de esta toda sangre que hubiese podido acumular, como si de
un material impermeable se tratase. Volvió a girarse y entonces se dio cuenta
que debía limpiarse el manchado bigote.
El silenció gobernó en la
taberna un rato, todos los presentes eran conscientes del agravio cometido, no
por matar al niño y desfigurar al otro, sino por matar a un hijo del clan
“Huella de sangre” y desfigurar a otro.
Bastantes problemas tenía
ya Rata negra como para preocuparse ahora también de un padre furioso y su
enjambre de locos.
Naghí Agleshká