lunes, 18 de julio de 2016

Árbol

El humo luchaba contra el agua en su ascensión cósmica, mientras bajo su mirada el agua castigaba las ascuas de lo que antes fue un anciano árbol. El humo anclando sus raíces en las brasas creaba una columna entre tierra y cielo. Columna que se desprendería de la tierra en su ascensión hasta juntarse con las cargadas nubes y superarlas.
Pronto llegó ella, pisando con suavidad, pisando como solo los gatos pisan, las ya frías cenizas y dejando tras de sí, fugaces huellas que el viento se llevaría.
En lo alto los pájaros observan su andar y el paisaje despoblado sin el viejo árbol que lo habitaba. Cantares de lástima se entonan en lo alto tras observar las cenizas de lo que una vez fueron nidos.
En su triste caminar dejaba las cenizas por el prado, dejaba la historia que vivió aquel viejo espíritu anclado, espíritu que ahora se extendía entre tierra y cielo, que ahora caminaba sin piernas por su valle y volaba sin alas por su cielo.
Ya no albergaría nidos o madrigueras, ya no sería la gran casa, el gran hogar en que se había convertido. Hogar bajo el cual ella ya no podría volver a sentarse a escribir, leer, sentir…
Se giró giro esperando ver otra vez sus ramas, sus hojas, su tronco, pero solo encontró ceniza, ceniza sobre sus huellas, en el aire y en las nubes.
No pudo sostener con la visión del vacío paisaje la lágrima que escapaba desde el vacío de su corazón, una lágrima más intensa que el mar cayó sobre sus pies llevándose consigo parte de las cenizas que le cubrían.
Entendió pues, que ahora su hogar se extendía por todo el mundo. 



Naghí Agleskhá 

jueves, 14 de julio de 2016

La estampa del enano

Como un demonio salió disparado aquél enano contra la mal cuidada fachada de aquella vieja casa, cayendo la pintura y dejando su silueta adornada con un hilillo de oscura sangre que se resbalaba hacía el tendido y maltrecho cuerpo del enano.
Dos años han pasado desde que aquel famoso ogro estampó al enano, de cuyas barbas el viento se encargó de esparcir por lo largo y ancho del territorio. Ahora la casa es una famosa taberna llamada “La estampa del enano”, bueno, famosa para ladrones, rateros, trileros y todo hijo de la mala estrella que les acompaña. Como es habitual, la sangre friega los sucios suelos del local.
Diezmada barra de bar, afilada a golpe de jarra, reseca del alcohol y cuidada por el sucio trapo del tabernero.
Una pesada jarra golpea la estropeada madera con fuerza, un fuerte ruido acompañado por el tintineo de dos monedas bailando sobre la madera y charcos de cerveza. Vieja jarra de vieja madera y endeble metal, endeble sobre todo si se compara con el frío y duro acero de “Asalta vidas”. Esa era la espada de Rata Negra, corta, algo fina pero letal. Pese los incontables baños en sangre a los que se había sometido desde la punta al mango se mantenía brillante, parecía acabada de robar de alguna exposición, de hecho, si daba la luz del Sol directamente a la hoja podían verse esos reflejos eléctricos que caracterizan el acero sureño. Carecía de ornamentos o grabados, pues era una herramienta no diferente de la jarra de cerveza que reposaba sobre la barra, es cierto, esta no se llenaba de ningún líquido, pero vaciaba vidas y carteras por igual.
El largo mostacho de Rata Negra se pintó de blanco con la espuma excedente de la cerveza, su gesto preocupado, absorto en alguna endemoniada idea, preocupaba a muchos presentes, pero más debían preocuparse los acaudalados señores que no se encontraban en “El enano”.
A quienes no pareció importarles fueron a unos niños que andaban jugando a las peleas con cucharas de madera y cuencos por cascos.
Uno de ellos pareció maravillarse por el brillo de “Asalta vidas”, absorto por el brillo se olvidó del juego. El resto de muchachos no tardó en percatarse también del brillo que esta desprendía y también quedaron absortos por la hipnótica espada, la cual les parecía tener algún tipo de velo mágico.
Uno de ellos miró a Rata Negra y le exigió la espada, sino, le matarían.
Rata Negra no pareció asombrarse, era habitual encontrar ladronzuelos por esos lares, se giró manteniendo apoyado el brazo izquierdo en la barra, cogido a la cerveza como si de un ancla inamovible se tratase. Ante sus ojos aparecían cuatro niños amenazantes con largos cuchillos en sus manos que apuntaban hacía su teñido bigote.
La exigencia se repitió con mayor volumen y Rata Negra accedió con un gesto de cabeza. Automáticamente desenvainó con su diestra la espada, con tal rapidez que apenas pudieron ver como rajaba el rostro del chico situado más a su izquierda, rápidamente bajo la espada y la clavó, cual hacha en un tronco, en la cabeza del niño situado enfrente. Pese que el cuerpo de un niño no es tan rígido o robusto como el de un adulto, la espada pareció atrancarse en su cráneo. Percance que aprovechó Rata Negra para mover el cuerpo del joven hacía la derecha e impedirles el paso a los otros dos niños. Los dos que quedaban y el maltrecho muchacho salieron corriendo infiriendo insultos y maldiciones por doquier.
Al desprenderse el cuerpo de la espada cayó de esta toda sangre que hubiese podido acumular, como si de un material impermeable se tratase. Volvió a girarse y entonces se dio cuenta que debía limpiarse el manchado bigote.
El silenció gobernó en la taberna un rato, todos los presentes eran conscientes del agravio cometido, no por matar al niño y desfigurar al otro, sino por matar a un hijo del clan “Huella de sangre” y desfigurar a otro.

Bastantes problemas tenía ya Rata negra como para preocuparse ahora también de un padre furioso y su enjambre de locos.





 Naghí Agleshká