lunes, 2 de marzo de 2015

La Fina



La cantina de La fina era famosa en todo el este por su delicado vino, aún no te habías acabado la primera copa y ya pedías la siguiente. Las señoras más adineradas acudían de siete de la tarde a ocho y media, los grupos de hombres adinerados lo visitaban de nueve a once, dando media hora de margen entre ellos y las señoras, las cuales algunas eran sus esposas, para… digamos… en fin, evitar situaciones incomodas entre quien sale alegre y entra sereno, o bien para no coincidir con tu pareja conyugal en el lugar en que ninguno de los dos dirá al otro que anduvo alguna vez. Pero aún falta un grupo por nombrar, el de once y media hasta el cierre, el de los bohemios, mal llamados por la zona como “almas de lágrimas”, este grupo era de lo más variopinto, sombreros algunos de copa otros bowler, unos boinas otros gorra, corbata o pajarita, chaqueta y etiqueta o chaqueta y pelea, zapatos de tacón o zapatos con cordón, de afeitado o de barba. Todos piden de primera copa un vino y de segunda un suspiro, la tercera es la más especial, el preparado de la absenta verde con todo detalle en su vaso Pontarlier, su azúcar y su agua, lleva un tiempo servir adecuadamente el brebaje, pero merece la pena la espera. 
Recuerdo una noche sentado en aquella barra como se preparaba a un parroquiano de La Fina un trago de absenta, la camarera que ya le conocía vertía unas gotitas menos de agua que a otros parroquianos, mientras que a otros les variaba  la azúcar o cantidad de absenta. Desde luego no era por descuidos de quien les servía, sino porque ya conocían sus gustos y como preparar a cada uno de ellos su absenta ideal, al menos eso me decía la sonrisa que puso tras el primer trago aquel pobre diablo. A partir de la primera de la tercera copa, todos comenzaban a adquirir en su rostro la expresividad que mantendrían toda la noche, la melancolía solía abundar sobre la alegría y la alegría sobre la serenidad. Realmente tan poca alegría solo era fruto de su humor cínico en el que resultaba más adecuado derramar una lágrima que desemboque en una sonrisa que no una carcajada que exilie del ojo una o muchas lágrimas al finalizar el chascarrillo.
Que curiosa la cantina La Fina, no tenía relojes pues la clientela ya marcaba las horas, tras las vísperas llegaban las mujeres, que para ahorrar de atascos se cambiaba en los baños el letrero poniendo los dos para mujeres, tras las completas ponían los dos para hombres y para quienes ya no se preocupaban de orar directamente quitaban los letreros.
La cantina en sí, era una obra de arte tan exquisita que requeriría varios volúmenes para poder describirla con el adecuado detalle que merece, cada parte de su mobiliario tenía una historia, un detalle físico, un recuerdo, en definitiva, un color único. Cuantas leyendas se habrán escrito sobre esa cantina, de cuantas noticias de prensa ha sido portada, cuantas novelas hablan de la cantina y cuantas otras nacieron allí. Todo en ella tiene un gran valor, todo resulta mágico y poético, la disposición de las mesas podría evocarnos una Odisea de Homero o un Robinson Crusoe de Daniel Defoe, leer los principios matemáticos mediante los cuales se ordenaban las botellas tras la barra o los salmos que indican como disponerlas en su correcto lugar, pero siempre me pregunto, ¿Quién será el maestro que dedique su merecido poema al pomo de la puerta?
Tampoco podemos hablar de la cantina sin hablar de su legítima dueña, la Fina, pero eso lo dejaré para otro día, tanto hablar de la cantina me despertó la nostalgia que produce el olor de su vino, así pues, permítanme que abandone mi educación en el valle de la serenidad para recoger mi descortesía del valle de los vicios.


Naghí Agleshká

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