Bajaba la persiana del bar, quejándose junto con el
óxido del metal el óxido de su espalda. Cabizbajo, paso a paso, mirándose en
los charcos de la ciudad y contándose las puñaladas que la vida le dio, se
pregunta si merece la pena luchar cada día, si escogió el camino fácil o si se
equivocó.
Los cordones se le desabrochan ya cansados de estar
siempre en los mismos zapatos, de la misma manera la rutina se ata a su
vida.
“No merece la pena”, resuena una y otra vez en su
cabeza cada vez que piensa en cambiar el camino que le dirige al hogar, en
variar la ruta, en buscar otro camino, las esquinas ya se ríen en su cara de
verle siempre igual, más gris que el aire de la ciudad.
Se harta y cambia, un giro inesperado, un cambio de
dirección en la senda asfaltada hacía su casa, hoy no seguirá las huellas ya
pisadas, los escaparates se apresuran a reflejar su nuevo rumbo para que las farolas
puedan contemplar el extraño y valeroso suceso, las alcantarillas se asoman
para ver lo ocurrido y las baldosas levantan la cabeza para no perderse
detalle, parece que levanten tanto la cabeza que se tropieza con una en el
primer paso, cae de morros y se escucha el estruendo de su cabeza contra el
suelo en toda la calle, solo le sigue a este estruendo un absoluto silencio, un
parón del tiempo y desde el suelo, lamentándose de haber cambiado de rumbo una
mano aparece para ayudarle, pero no es la mano quien levanta el estrellado
cuerpo, sino la dulce sonrisa que siguió a la mano.
Hoy es un buen día para cambiar, hoy es un buen día
para sonreír.
Naghí Agleskhá
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