El humo luchaba contra el agua en su ascensión cósmica, mientras bajo su mirada el agua castigaba las ascuas de lo que antes fue un
anciano árbol. El humo anclando sus raíces en las brasas creaba una columna
entre tierra y cielo. Columna que se desprendería de la tierra en su ascensión
hasta juntarse con las cargadas nubes y superarlas.
Pronto llegó ella, pisando con suavidad, pisando como
solo los gatos pisan, las ya frías cenizas y dejando tras de sí, fugaces
huellas que el viento se llevaría.
En lo alto los pájaros observan su andar y el paisaje
despoblado sin el viejo árbol que lo habitaba. Cantares de lástima se entonan en
lo alto tras observar las cenizas de lo que una vez fueron nidos.
En su triste caminar dejaba las cenizas por el prado,
dejaba la historia que vivió aquel viejo espíritu anclado, espíritu que ahora
se extendía entre tierra y cielo, que ahora caminaba sin piernas por su valle y
volaba sin alas por su cielo.
Ya no albergaría nidos o madrigueras, ya no sería la
gran casa, el gran hogar en que se había convertido. Hogar bajo el cual ella ya
no podría volver a sentarse a escribir, leer, sentir…
Se giró giro esperando ver otra vez sus ramas, sus
hojas, su tronco, pero solo encontró ceniza, ceniza sobre sus huellas, en el
aire y en las nubes.
No pudo sostener con la visión del vacío paisaje la
lágrima que escapaba desde el vacío de su corazón, una lágrima más intensa que
el mar cayó sobre sus pies llevándose consigo parte de las cenizas que le
cubrían.
Entendió pues, que ahora su hogar se extendía por todo
el mundo.
Naghí Agleskhá
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