Hubo un tiempo en que los hombres vivían sin miedo
se despertaban con el Sol y recogían con él.
Tiempo hace ya de aquella época que fue perturbada
por el sonido de los cascos de caballos al trotar
y cabalgar hacía un aciago destino colmado de
cerveza, lujuria y violencia.
El hombre se hizo enemigo del hombre y del conflicto
nacieron los primeros jinetes, quienes amanecían con la Luna
y recogían con la Luna.
Las almas de los bares y las lágrimas de las mujeres
eran su dulce néctar, bendita la sangre de sus enemigos
mezclada con vomito y esputos, pues no conoció
un destino calmado y sosegado.
Hoy ya no veo a esos jinetes, no recuerdo sus rostros,
sus yelmos cristalinos, sus armas por las asas
ya no se levantan…
¿Donde esta mi trágico final?¿Donde están los jinetes
que un día cabalgaron a mi lado?
No recuerdo sus rostros, no recuerdo el aroma del dolor,
no recuerdo el suave tacto de las riendas que me
otorga la noche.
Fría es la hidromiel que la bendición de Odín
otorgó a la sangre de los hijos de Caín, tan fría que
ya no parece poder correr y ha helado sus
corazones.
Si aún queda un jinete en estas tierras, no temas,
no estas solo y allá donde vayas alza un grito,
un grito que resuene en el alma de los desvalidos,
que retumbe en el coraje de los bravos y avise,
avise de que mientras quede un jinete el mundo
de los hombres, debe temblar.
Naghí Agleshká
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