No conocía algo que no fuese la noche, desde que nació esa
noche infinita sin luna ni estrellas, sin un cielo al que poder colorear o
sobrevolar. Atrapado en un túnel sin salida ni entrada, en el fondo de un
oscuro pozo sin boca.
No había un suelo que poder pisar firmemente, sin miedo,
perseguido por un vacío acechante, bordeando un eterno precipicio a cada paso.
Podía sentir el mundo entero, pues con su suave tacto lo
pincelaba en su oscuro lienzo.
Podía captar la esencia de las cosas pues nunca contempló su
apariencia.
Tampoco juzgó erróneamente a nadie, ni les discriminó, pues
a todos les dio una oportunidad sin achacarles prejuicios.
Sonreía cada mañana con la sensación que le transmitía el
lavar la ropa, al cantar mientras frotaba con sus manos la tela mojada, al oler
el suave aroma a jabón que invadía el ambiente.
Ese sueño sin imagen, ese telón que nunca sube, esa eterna
noche que pretendía maldecirle nunca imaginó el don que le otorgaba, ya que al
privarle de la luz de la vista aprendió a guiarse por la luz del corazón.
Se que nunca leerá estas líneas, pero también se que las
lleva impresas en el alma.
Naghí Agleshká
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