miércoles, 25 de febrero de 2015

La despedida



Sabía que no volvería a verla, que no había vuelta atrás. Las manos se separaban mientras las miradas se clavaban en el otro con acuosos clavos y salinos remaches.
Una fracción de segundo separaba dos momentos, el momento en que aún se mantenía la mirada y el momento en que se separaban arrancando clavos y remaches.
En esa fracción de segundo un profundo sentimiento desde lo mas hondo de su ser viajaba a sus pulmones donde en un acto mágico de materialización el sentimiento era arrastrado por la expiración, manifestándose en el mundo en forma de sonido. Emergieron abruptamente las dos palabras más temidas y más hermosas que una cultura puede poseer.
Las fuerzas desaparecieron tras esa fracción de segundo, la materialización de su sentimiento le dejó exhausto y abatido retrocedió buscando un punto sobre el que poder ver toda la situación, un punto que se mantuviese firme, un punto en el que poder encontrarse a sí mismo.
Ella no podía volver la mirada otra vez, las palabras impactaron en su rostro quebrantando su corazón. Clavos y remaches volaban unidos, desmontando así el marco de un lienzo de años de esfuerzo y dedicación, una pintura viva que ahora pasaba a formar parte de la galería de los bellos recuerdos.
El mar en calma parecía querer acunar el viaje de su amada, enjaulada, sin entender porqué ni adonde iba, tan solo entendía que era un viaje de ida sin posibilidad de vuelta. La selva parecía querer abrazarle pero únicamente conseguía perderlo entre ramas, raíces y hojas ahora desconocidas para él.
El nuevo ser humano permanecía ajeno al momento pese a estar envuelto en él, pese a ser la causa del momento que se vivía y a la vez desvivía. El mal llamado Nuevo Mundo nacía con la destrucción de si mismo y los cuerpos de sus legítimos pobladores ahora se cubrían con la tierra que con tanto amor recorrieron.
Sabía que al igual que el antiguo ser humano ahora solo esperaba el momento de su final y él sintiéndose identificado con el dolor y la pérdida que sufrían los antiguos seres humanos a manos de los nuevos seres humanos, pensó en cubrir su cuerpo también con la tierra que una vez recorrió en armonía y felicidad con su amada.
Se tumbó y mientras esperaba la llegada del astuto jaguar, observaba el cielo que en otra época les observó unidos, miraba los árboles que trepó junto a ella y ya ninguno daba frutos.
Una sombra se movió, la que se encargaría de convertirse en el oscuro telón que bajaría para jamás volver a alzarse.



Naghí Agleshká

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