lunes, 20 de abril de 2015

Tras el chaparrón



Cuando cesó de llover abrió la puerta y una fría corriente de aire entró en su casa sin pedir permiso alguno y con la misma audacia dio el primer paso al exterior, sus pies desnudos apenas tocaban el encharcado y embarrado suelo, el fresco césped acariciaba la planta de sus pies, el barro pintaba los más naturales zapatos de danza y entre el aire y su pelo jugaban pequeños remolinos despreocupados.
Corrió mientras danzaba por el campo, por el bosque, por los pueblos, dejando una idílica estela dibujada por el vuelo de su falda que a todos embelesaba, niños, ancianos, animales, plantas, parecían todos olvidar sus problemas y seguir con su mirada a la despreocupada figura danzante, la tranquilidad inundaba los corazones de quien la veía, los girasoles volvían su rostro hacía la muchacha y los ríos cambiaban su curso para poder seguirla.
Parecía poseer la más poderosa magia que pudiese existir. Altiva y vivaz trasportaba el último suspiro que alivia al condenado antes que el filo traspase su cuello, llevaba la idea que atraviesa la cabeza del soldado al decidir dejar las armas, traficaba la droga que deja de resaca el amor, cargaba con la verdad que nos ayuda a lidiar con la mentira, guiaba las palabras del buen profeta que nos trae el paraíso al mundo.
Al final todos deseaban volver a encontrarse con ella, volver a respirar el dulce aroma que deja tras de sí.
Bebía de los mares y los ríos, de la hoja de agave y los cocos, y llenaba los corazones como si jarras de barro vacías fuesen.
Ese don otorgado por los dioses para poder estar con tantas personas a la vez, esa maldición que llevan consigo quienes no desean su compañía y este vano esfuerzo por poder llegar a conocerla mientras habló de ella como una leal compañera que siempre me socorre cuando la vida se transforma en guerra, como si conociese de toda la vida esta bella estrella fugaz y me siento inevitablemente como el ciego que no puede ver el rostro del lazarillo que le conduce hasta su último destino.
Y ahora, en mi último momento, con las últimas fuerzas que sostienen mi pluma firme contra el papel invoco su presencia mientras observo por la ventana el primer rayo de luz que dejan pasar las oscuras nubes y siento que esta tan cercana, como gobierna cada parte de mi cuerpo que no puedo esperar para cerrar los ojos y encontrarme cara a cara con ella.
Paz





Naghí Agleskhá

No hay comentarios:

Publicar un comentario