Bajo la lluvia una semilla
lanzaba sus primeros brotes, sagrados para unos, malditos para otros.
Justo encima un pie surcaba
con forma de huella la tierra sobre la que crecía, húmeda y blanda por la
lluvia pronto se enfangó, pero no cedían los pasos ni frenaban su marcha, el
destino estaba claro, el objetivo también y la huella fue ahondándose más y más
en la tierra ya enfangada con cada pie que se apoyaba en ella.
Muchos eran los hombres que
viajaban en la misma dirección, una extraña procesión de oscuros mantos y
tenues antorchas, en dos filas se dirigían hacia el norte con una asombrosa
sincronización en cada uno de sus pasos, tal era que parecía al ver las huellas
que solo dos hombres muy corpulentos habían pasado por ahí.
El silencio de los hombres
contrarrestaba con el sonido del agua chocando contra ellos y el extraño ataúd
que llevaban consigo.
Las ramas de los árboles
parecían evitar tener contacto con tal procesión, o tal vez fuese que el viento
las apartaba, los búhos no ululaban ni las luciérnagas se iluminaban cuando sentían
la presencia de tal compañía. El bosque parecía temer la luz que la luna
desprendía sobre él, el bosque parecía temer el silencio que provocaba, el
bosque temía la oscura marcha.
Una cabaña situada en la
falda de la montaña que rodeaba el bosque se iluminaba con una la luz del relámpago
y dejando entrever un cartel en su entrada de lo que parece ser el único edificio
de un poblado maldito.
El silencio rodeó la extraña
cabaña, las alimañas salían de ella como si esta de pronto hubiese sido
incendiada y frente a ella un extraño viento chocó contra su puerta, tras el
viento apareció tan extraña comparsa tras el viento la lluvia se congeló y un
suave granizo de muerte cayó al suelo.
La formación de la procesión
se rompió, una figura con una antorcha en una mano y un extraño libro
encuadernado en extraño cuero se adelantó, abrió la gran puerta de la cabaña y
se adentró en la oscuridad de esta. Tras él fueron el resto.
Dentro solo la luz de sus
antorchas iluminaba la sala, solo una gran mesa en medio de la sala sobre la
cual apoyaron el ataúd y el extraño grupo rodeándola podía verse.
El extraño que abrió la
puerta levantó un brazo con el libro y cedió su antorcha a otro. Automáticamente
dos de ellos quitaron la tapa del ataúd pero no podía verse su interior aún.
El portador del libro se alzó
sobre el ataúd, abrió el libro y leyendo unos versos de este, enfocó las
paginas hacía el interior del ataúd y clavó en el libro un extraño cuchillo, el
libro comenzó a derramar sangre, sangre que caía sobre el interior del ataúd,
sangre maldita, la lluvia y el relámpago parecían querer evitar el
acontecimiento con toda su furia, pero ya nada podía parar un ritual en el seno
de tan extraña y oscura magia, la luna reía al verlo y el bosque lloraba sintiéndolo.
Bajo la sangre una semilla lanzaba
sus primeros brotes, sagrados para unos, malditos para otros.
Naghí Agleskhá
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