Cuando acabó la música todo el mundo supo que se
acababa la fiesta, todos menos aquel hombre encerrado en su propia cabeza, ya
no quedaba nadie y salió a la fría calle, andando en un camino de una sola
dirección se topó con sus recuerdos. Recuerdos de dolor y tristeza que no
podían llevar más que a la amarga derrota, derrota a la que le condujo la mala
decisión, el error de no saber actuar como se esperaba de él.
Corría el aire por sus espaldas como quien pierde el último metro , corría el tiempo arrastrado por el viento en su contra, entre sus
pasos se lamentaban sus gastadas suelas y de entre lo perdido solo encontraba
las preguntas que no pudo resolver.
Perdición era su nombre y desolación pasaba a ser su
primer apellido, en un mundo donde lo auténtico muere con los cambios no pudo
ver de la realidad que le envolvía. En su cabeza sonaba la misma pregunta una y
otra vez, la misma pregunta que aquel grupo de Ourense tantas veces repitió, ¿Qué
hacer cuando lo sueños se van?
Entraba el gélido aire por su cuerpo y las fachadas de
los edificios se negaron a cubrirle, los árboles se inclinaban para evitar su
olor a alcohol y tabaco barato. Los pasos, que no dejaban huella alguna ya, se
tambaleaban cuanto más avanzaban, sin saber dónde ir, sin saber dónde parar,
sin poder regresar tras de sí y desandar el camino realizado hasta el punto
donde todo se frustró, donde todo calló como un mal castillo de naipes.
Buscaba la Luna con su mirada como quien busca el
consuelo, sus manos palpaban el aire esperando encontrar la respuesta que solo
las buenas musas son capaces de otorgar a los poetas. Ya no había camino, ya no
había ni Luna ni musas, ahora solo el viento y el tiempo le arrastraban
esperando la respuesta, esperando resolver la duda que habitaba en su cabeza “Que
hacer cuando los sueños se van?
Naghí Agleskhá
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