Los tambores retumbaban, los vasos golpeaban en las
mesas marcaban el ritmo de sus cantos, la luz tenue los cubría a todos como un
espeso manto del que ninguna luz los libraría.
La cerveza se derramaba por el suelo y los veinte pies
de los diez valientes se empapaban en el tibio alcohol.
El silencio fuera de la taberna inundaba todos los
rincones del pueblo, solo en dos lugares podías escapar de él. Fuera donde se
entona el afilar de espadas y hachas, donde los pasos apresurados baten la
tierra y el golpeteo de los arcos contra los yelmos se hacían presentes y
dentro de aquella taberna donde oscuros cantos proclamaban a la muerte con
valor y pasión.
Poco tiempo quedaba, los escudos esperaban ansiosos el
primer golpe, la primera muesca que la batalla hiera en su robusta piel de
roble. Los últimos tragos saciaron su sed y desvanecieron la idea de una huida.
Solo si aguantan esa noche al enemigo sus familias podrán alcanzar un lugar seguro,
solo si luchan podrán vivir quienes lo merecen.
Se abrió la puerta de la taberna, el silencio entró e
inundó la sala, solo oscuridad y silencio les acompañaban esa noche, solo una
noche y todo habrá salido bien.
El primero que se situó en el grupo desenvaino la gran
espada que portaba, alzada en mitad de la noche reflejó los rayos que la luna
les otorgaba y como un faro alumbró las calles que daban hacía los valientes,
volvieron a entonar los cantos proclamando la muerte.
No había silencio ya, no había oscuridad, no había
miedo a la muerte, solo amor a la vida que con valor defenderían, solo amor a
la vida que perderían.
Naghí Agleskhá
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