Recogió en la palma de su mano aquel pedacito de luna
que cayó en aquella prohibida noche, bajo el sonido de acordes prohibidos, en
aquel valle prohibido y en esa ceremonia prohibida.
Recuerdo su brazo extenderse hacía mi pecho, abriendo
la mano y mostrándome lo que antes fue un pedacito de luna, ahora presentándose
como las más blanca flor que haya podido ver a lo largo de toda mi vida. La
presionó sobre mi pecho como quien tapa una herida sangrante y note sus pétalos
fundirse con mi piel.
Un cálido sentimiento se hundía junto con la flor, y
un bello aroma me envolvió la mirada haciendo de la persona que tenía delante
un astro más brillante que cualquier otro que pudiera encontrar en el cosmos.
Desde aquella noche, no he vuelto a mirar a la Luna con
los mismos ojos.
Naghí Agleskhá
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