Cogió su maleta con apenas unos trapos que poder
ponerse y otras pocas pertenencias de su perro, su neceser con poco más que un
cepillo de dientes y las ilusiones que había ido plantando a lo largo del
tiempo.
Por fin frente a la puerta, una gran puerta de pesado
plomo, de dimensiones gigantescas y duro pomo. Girar el pomo y abrirla, pese el
esfuerzo titánico que requería, no significaba cruzarla. Pero una vez abierta y
mirando tras ella puedo comprobar que lo mismo daba, seguía sin ver nada, una
densa niebla invadía el otro lado y no parecía poder encontrar un punto fijo en
que apoyar el primer paso.
Pese a todo, su convicción era fuerte y sus ilusiones
guiaban un corazón más fuerte que la llama capaz de iluminar el fondo del océano.
“No mires abajo”, se repetía en su cabeza
continuamente mientras mantenía la mirada en un crudo pulso con el infinito. “El
primer paso es el más difícil”, solían decir los antiguos peregrinos y vaya que
si lo era, con el pie suspenso en el aire sabía que podía equivocarse y dar con
el vacío bajo él, pero su convicción, sus ganas de vivir, de luchar por lo que
cree, hicieron caer el pie con fuerza y seguridad. Golpeó contra el suelo su cascada bota y despejó toda niebla que hubiese en su frente. Por fin
parecía que lograría encontrar algo mejor, pese al temblor de su pierna, ahora
sabía que ningún paso se quedaría tan solo en su mente, que andaría dejando la
pesada puerta cada vez más lejana, que despejaría toda niebla a su paso y
dejaría huella por donde pasara.
Ya no hay tiempo para las tinieblas, ya no hay puertas
demasiado pesadas, ya no hay suelos que se oculten, ya solo queda caminar y
seguir caminando hacía el destino que siempre había soñado.
Naghí Agleskhá
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