-Le dije “no pienso pagarte por
esta chapuza”.¡¡¡Y de un mordisco le arranqué la tráquea!!! ¡JAJAJA!-. Dijo
Vincent. Tenía esa horrible y aguda risa típica de los goblins. No me caía
bien, pero he de reconocer que el cabrón era listo. Llevaba un par de años trabajando
para él, pero hasta hace unos meses no le había visto nunca, y a pesar de haber
llegado a ser uno de sus hombres de confianza, seguía sin saber su verdadero
nombre. El pequeño ser, a diferencia de otros de su especie, que se conforman
con saqueos y robos, él aspiraba más alto. Quería comerciar, pero claro, nadie
estaba dispuesto a hacer negocios con un goblin, pues es sabida su volatilidad
y repentinos cambios de humor y sobretodo de lealtad. Lo intentó por un tiempo,
pero por muchas ciudades y pueblos que visitara, ni los de su propia especie se
fiaban de un contrabandista goblin, así que un día, creó a Vincent. Su plan era
sencillo, pero efectivo. De sus años de matón, conocía los contactos y como
moverse, lo único que necesitaba era alguien que contactara y cerrara los acuerdos
por él, así que reclutó unos cuantos humanos, los vistió y arregló, y los usó
como peones en su juego para enriquecerse. Para unos, Vincent era un hombre
fornido y barbudo de mediana edad, para otros, un pálido y delgaducho
hombrecillo de aspecto siniestro. De este modo, en caso de intento de asesinato
o robo, ellos perecían pero la maquinaria no se paraba.
Éramos un pequeño grupo para no
levantar sospechas, como si fuésemos meros viajeros de paso. Estábamos en el
gran salón de una taberna, a las afueras de un pueblecito costero donde un
falso Vincent había ido a cerrar un trato, y mientras esperábamos que volviera
con los beneficios, bebíamos, cantábamos y escuchábamos historias. Todos menos
Xhu’nkzu, el segundo al mando de Vincent, el cual llevaba casi desde que el
goblin empezara en el negocio, y que ya conocía de memoria cualquier anécdota
que el retaco pudiera narrar inducido por el alcohol. Era un tipo grotescamente
grande como casi todos los orcos, y su negra y sucia armadura infundía miedo a
cualquiera que osara cruzar la mirada con él.
Yo en cambio por aquel entonces
solo era un adolescente que Vincent usaba para recabar información y como
ratero. Era un buen escalador y muy sigiloso, por lo que podía entrar en
lugares sin ser visto y obtener documentos y mercancía que luego el jefe usaría
en sus negociaciones.
Así trascurrían las horas y caían
las jarras de cerveza, cuando de pronto se hizo el silencio. La flecha clavada
en mi pecho, cogió a todos por sorpresa. Lentamente fui cayendo hacia atrás
mientras mi vista se nublaba. Vi a unos hombres armados correr hacia nuestra
mesa, y a mis compañeros, desprevenidos y alcoholizados, desenfundar sus armas,
y así, entre alaridos, destellos de lucha y sangre brotando, cerré los ojos.
Desperté con los gritos de la
mujer del posadero que acababa de entrar en el salón y había encontrado la
cruenta escena. Ya todo había acabado. Vi los cuerpos exánimes de mis
compañeros y de algunos de los atacantes. Entre los caídos estaba el falso
Vincent, cuya garganta aún emanaba sangre. Habían torturado al pobre bastardo
para sonsacarle nuestra ubicación y esta era su recompensa. Me acerqué al
cuerpo despedazado de Xhu’nkzu, parecía mentira que alguien pudiera haber
derribado a semejante mole. Justo a su lado estaba Vincent, cerré sus ojos, que
ya no parecían tan crueles pues tenían esa expresión vacía y de temor que deja
la muerte en los cobardes, y busqué en sus bolsillos. Encontré una pequeña
libreta arrugada con datos sobre sus transacciones y contactos. Con dificultad,
logré ponerme en pie y caminar hasta poder llegar a mi caballo y huir de allí
sin más percances, antes de que
autoridades o curioso empezaran a hacer preguntas. Ya en lugar seguro, con la
herida curada y la panza llena, volví a hojear la libreta en mi poder. Una idea
pasó por mi cabeza. Era hora de ascender en la empresa.
Mambí du Champ
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