domingo, 1 de febrero de 2015

VINCENT



-Le dije “no pienso pagarte por esta chapuza”.¡¡¡Y de un mordisco le arranqué la tráquea!!! ¡JAJAJA!-. Dijo Vincent. Tenía esa horrible y aguda risa típica de los goblins. No me caía bien, pero he de reconocer que el cabrón era listo. Llevaba un par de años trabajando para él, pero hasta hace unos meses no le había visto nunca, y a pesar de haber llegado a ser uno de sus hombres de confianza, seguía sin saber su verdadero nombre. El pequeño ser, a diferencia de otros de su especie, que se conforman con saqueos y robos, él aspiraba más alto. Quería comerciar, pero claro, nadie estaba dispuesto a hacer negocios con un goblin, pues es sabida su volatilidad y repentinos cambios de humor y sobretodo de lealtad. Lo intentó por un tiempo, pero por muchas ciudades y pueblos que visitara, ni los de su propia especie se fiaban de un contrabandista goblin, así que un día, creó a Vincent. Su plan era sencillo, pero efectivo. De sus años de matón, conocía los contactos y como moverse, lo único que necesitaba era alguien que contactara y cerrara los acuerdos por él, así que reclutó unos cuantos humanos, los vistió y arregló, y los usó como peones en su juego para enriquecerse. Para unos, Vincent era un hombre fornido y barbudo de mediana edad, para otros, un pálido y delgaducho hombrecillo de aspecto siniestro. De este modo, en caso de intento de asesinato o robo, ellos perecían pero la maquinaria no se paraba.
Éramos un pequeño grupo para no levantar sospechas, como si fuésemos meros viajeros de paso. Estábamos en el gran salón de una taberna, a las afueras de un pueblecito costero donde un falso Vincent había ido a cerrar un trato, y mientras esperábamos que volviera con los beneficios, bebíamos, cantábamos y escuchábamos historias. Todos menos Xhu’nkzu, el segundo al mando de Vincent, el cual llevaba casi desde que el goblin empezara en el negocio, y que ya conocía de memoria cualquier anécdota que el retaco pudiera narrar inducido por el alcohol. Era un tipo grotescamente grande como casi todos los orcos, y su negra y sucia armadura infundía miedo a cualquiera que osara cruzar la mirada con él.
Yo en cambio por aquel entonces solo era un adolescente que Vincent usaba para recabar información y como ratero. Era un buen escalador y muy sigiloso, por lo que podía entrar en lugares sin ser visto y obtener documentos y mercancía que luego el jefe usaría en sus negociaciones.
Así trascurrían las horas y caían las jarras de cerveza, cuando de pronto se hizo el silencio. La flecha clavada en mi pecho, cogió a todos por sorpresa. Lentamente fui cayendo hacia atrás mientras mi vista se nublaba. Vi a unos hombres armados correr hacia nuestra mesa, y a mis compañeros, desprevenidos y alcoholizados, desenfundar sus armas, y así, entre alaridos, destellos de lucha y sangre brotando, cerré los ojos.
Desperté con los gritos de la mujer del posadero que acababa de entrar en el salón y había encontrado la cruenta escena. Ya todo había acabado. Vi los cuerpos exánimes de mis compañeros y de algunos de los atacantes. Entre los caídos estaba el falso Vincent, cuya garganta aún emanaba sangre. Habían torturado al pobre bastardo para sonsacarle nuestra ubicación y esta era su recompensa. Me acerqué al cuerpo despedazado de Xhu’nkzu, parecía mentira que alguien pudiera haber derribado a semejante mole. Justo a su lado estaba Vincent, cerré sus ojos, que ya no parecían tan crueles pues tenían esa expresión vacía y de temor que deja la muerte en los cobardes, y busqué en sus bolsillos. Encontré una pequeña libreta arrugada con datos sobre sus transacciones y contactos. Con dificultad, logré ponerme en pie y caminar hasta poder llegar a mi caballo y huir de allí sin más percances,  antes de que autoridades o curioso empezaran a hacer preguntas. Ya en lugar seguro, con la herida curada y la panza llena, volví a hojear la libreta en mi poder. Una idea pasó por mi cabeza. Era hora de ascender en la empresa.





Mambí du Champ

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