Abría los libros con el corazón,
pasando por sus suaves dedos cada hoja, pasando por sus ojos de negro tinta
cada palabra memorizándola en su cabeza. Todas aquellas novelas, todos aquellos
ensayos, esos poemas extensos sobre el amor verdadero, todo ejercía una
influencia sobre su mirada al mundo, una mirada incomprendida por una sociedad
que tiene su propia mirada ajena a la suya, una mirada que juzga y no concibe
que pueda haber otro tipo de mirada. Un duelo verbal entre los dos mundos, cada
uno con su idioma, cada uno tras su muralla.
Hace tiempo que miro en la
misma dirección y de la misma manera que el resto, el mundo parece estar
resuelto, solo tienes que mirar, pero ya no hay nada que pararse a observar, ya
no hay nada sobre lo que pararse a pensar. Aún así, al ver su mirada al mundo
no puedo evitar sentir una angustia interior, una angustia que nunca he sabido
de donde procede, ni que tripa se me ha roto para sentirme mal al ver una
mirada libre, una mirada diferente al resto, una mirada valiente y alegre, una
mirada feliz.
No puedo sentirme indiferente
ante esa mirada, rompe mi indiferencia y me molesta abandonar mi comodidad,
necesito sentir que a mi también me mira, pero temo que lo haga. No soy capaz
de descifrar sus ojos y tengo que ponerles el color de los míos para poder
verlos y entender su mirada desde la mía, pero ya no soy capaz de mirar de la
misma manera, me siento como si tuviese que recorrer un infinito laberinto para poder
llegar a su mundo.
¿Y si le ocurriese algo
horrible por no mirar al mundo como lo hacemos todos? ¿Y si me esta ocurriendo
algo horrible por mirar como el resto?
Me despierta las dudas que no
quería que saliesen de su baúl, me despierta el miedo al saber, me despierta
una atracción fatal al como debería vivir y no al como vivo.
Pero mi mirada es como la del
resto, no esta sola y la suya sí.
Reconozco que echaré de menos
su manera de abrir los libros, pero no puede ser diferente.
Naghí Agleskhá
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