lunes, 2 de febrero de 2015

El códice



Olía a cerrado aún el luminoso rincón donde se sentó a leer aquel viejo códice que  guardaba su padre antes de morir. Ahora le tocaba a él leerlo, la curiosidad desde niño por ver que ponía en aquellas hojas por fin se apaciguaría. Comenzó a leerlo, su mirada fija se clavaba cual flecha entre las palabras grabadas en tinta, sus tragos a la cerveza eran firmes y contundentes como el pasar de página. De pronto cerró el códice como quien da un portazo, sacó un extraño cuchillo de mango y hoja realmente fino, no creó que hubiese otro igual en la zona, y salió de la taberna. Al rato volvió, pidió otra jarra, se sentó en el mismo sitio y continuó la lectura. La misma mirada fija, la misma firmeza al beber y al pasar de página, el frío sudor comenzaba a resbalar por su frente pero se apresuraba a sacar un pañuelo antes de que la gota se precipitase al vacío.
Volvió a cerrar el códice, sacó el cuchillo y lo clavó con firmeza en la mesa al lado del libro, recogió todo y apresuradamente salió de la taberna.
Pasado unos minutos volvió a entrar, casi jadeando pidió otra jarra, se sentó en el mismo sitio y continuó la lectura. Su mirada seguía sin apartarse del códice, ya no mantenía esa dureza al mirar las páginas ni las pasaba tan firmemente, un extraño cansancio se apoderaba de su cuerpo, sus manos visitaban más la jarra que las páginas y el pañuelo con el que se secaba el sudor ahora era la manga de su camisa.
Volvió a cerrar el libro, dio el último trago de cerveza, suspiró y se alzó mirando fijamente la tapa del libro, acarició el húmedo cuchillo que guardaba y salió mientras dejaba unas monedas al tabernero.
Al día siguiente volvió a la taberna, parecía no haber dormido en toda la noche, su pálido rostro posó su mirada sobre el mismo asiento de ayer, ahora ocupado por un joven muchacho. Se acercó a la barra y pidió una jarra, después se acercó al joven y sin mediar palabra le quitó del asiento como quien aparta un cachorro, el joven al ver el rostro del hombre prefirió no meterse en problemas.
Se sentó, sacó el códice, olfateo el cargado ambiente que aún olía a cerrado, dio un trago y comenzó la lectura. Otra vez al rato volvió a cerrar el códice y salió de la taberna.
La misma rutina que el día anterior, llegaba, cogía su cerveza y continuaba la lectura, desaparecía y volvía al rato.
Ya casi cuando el Sol se despedía realizó algo diferente, sacó una pluma y escribió en el códice, casi con la misma pasión que el poeta finaliza un soneto, su rostro se iluminó, su pulso se reafirmó y le volvió la vida a la mirada.
Puso el cuchillo entre las páginas en las que escribió y cerró finalmente el códice con una picara sonrisa. Mientras lo guardaba en la bolsa se abrió la puerta de par en par, un guardia con la mirada fija puesta donde él estaba sentado aparecía y con un ceño tan fruncido que si se hubiese puesto en el momento justo una nuez en este la habría partido. Exclamó sin parpadear toda una lista de nombres, nombres de ilustres cargos e importantes empresarios. Todos y cada uno de ellos habían muerto entre el día anterior y ese mismo día, de todas y cada una de las muertes fue acusado nuestro protagonista, al cual se le exigió la deposición del cuchillo empleado en los crímenes y el códice que le acompañaba a manos de la justicia.
Apartó la jarra de la mesa y puso la bolsa. El guarda se acercó y miró en su interior, para su sorpresa estaba vacía, pero más se asombró el joven que pudo ver como guardaba en su interior el códice. El guarda pensó que se trataba de una broma y le exigió con voz alta y firme que se los entregase, pero este solo pudo que encogerse de hombros y dedicarle una sonrisa de complicidad al guarda.
Ahora salgo de su entierro y tras todos estos años nunca he dejado de preguntarme que pondría en aquel códice y donde fue a parar junto con el cuchillo, pero algo me dice que la bolsa que lleva su hija ahora mismo, es la misma que vi de joven en aquella taberna.



 Naghí Agleshká

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