Olía a cerrado aún el
luminoso rincón donde se sentó a leer aquel viejo códice que guardaba su padre antes de morir. Ahora le
tocaba a él leerlo, la curiosidad desde niño por ver que ponía en aquellas
hojas por fin se apaciguaría. Comenzó a leerlo, su mirada fija se clavaba cual
flecha entre las palabras grabadas en tinta, sus tragos a la cerveza eran
firmes y contundentes como el pasar de página. De pronto cerró el códice como
quien da un portazo, sacó un extraño cuchillo de mango y hoja realmente fino, no creó que hubiese otro igual en la zona, y salió de la taberna. Al rato volvió,
pidió otra jarra, se sentó en el mismo sitio y continuó la lectura. La misma
mirada fija, la misma firmeza al beber y al pasar de página, el frío sudor
comenzaba a resbalar por su frente pero se apresuraba a sacar un pañuelo antes
de que la gota se precipitase al vacío.
Volvió a cerrar el códice,
sacó el cuchillo y lo clavó con firmeza en la mesa al lado del libro, recogió
todo y apresuradamente salió de la taberna.
Pasado unos minutos volvió a
entrar, casi jadeando pidió otra jarra, se sentó en el mismo sitio y continuó
la lectura. Su mirada seguía sin apartarse del códice, ya no mantenía esa
dureza al mirar las páginas ni las pasaba tan firmemente, un extraño cansancio
se apoderaba de su cuerpo, sus manos visitaban más la jarra que las páginas y el
pañuelo con el que se secaba el sudor ahora era la manga de su camisa.
Volvió a cerrar el libro, dio
el último trago de cerveza, suspiró y se alzó mirando fijamente la tapa del
libro, acarició el húmedo cuchillo que guardaba y salió mientras dejaba unas
monedas al tabernero.
Al día siguiente volvió a la
taberna, parecía no haber dormido en toda la noche, su pálido rostro posó su
mirada sobre el mismo asiento de ayer, ahora ocupado por un joven muchacho. Se acercó
a la barra y pidió una jarra, después se acercó al joven y sin mediar palabra
le quitó del asiento como quien aparta un cachorro, el joven al ver el rostro
del hombre prefirió no meterse en problemas.
Se sentó, sacó el códice,
olfateo el cargado ambiente que aún olía a cerrado, dio un trago y comenzó la
lectura. Otra vez al rato volvió a cerrar el códice y salió de la taberna.
La misma rutina que el día
anterior, llegaba, cogía su cerveza y continuaba la lectura, desaparecía y volvía
al rato.
Ya casi cuando el Sol se
despedía realizó algo diferente, sacó una pluma y escribió en el códice, casi
con la misma pasión que el poeta finaliza un soneto, su rostro se iluminó, su
pulso se reafirmó y le volvió la vida a la mirada.
Puso el cuchillo entre las páginas
en las que escribió y cerró finalmente el códice con una picara sonrisa. Mientras
lo guardaba en la bolsa se abrió la puerta de par en par, un guardia con la
mirada fija puesta donde él estaba sentado aparecía y con un ceño tan fruncido
que si se hubiese puesto en el momento justo una nuez en este la habría partido.
Exclamó sin parpadear toda una lista de nombres, nombres de ilustres cargos e
importantes empresarios. Todos y cada uno de ellos habían muerto entre el día
anterior y ese mismo día, de todas y cada una de las muertes fue acusado
nuestro protagonista, al cual se le exigió la deposición del cuchillo empleado
en los crímenes y el códice que le acompañaba a manos de la justicia.
Apartó la jarra de la mesa y
puso la bolsa. El guarda se acercó y miró en su interior, para su sorpresa
estaba vacía, pero más se asombró el joven que pudo ver como guardaba en su
interior el códice. El guarda pensó que se trataba de una broma y le exigió con
voz alta y firme que se los entregase, pero este solo pudo que encogerse de
hombros y dedicarle una sonrisa de complicidad al guarda.
Ahora salgo de su entierro y
tras todos estos años nunca he dejado de preguntarme que pondría en aquel códice
y donde fue a parar junto con el cuchillo, pero algo me dice que la bolsa que
lleva su hija ahora mismo, es la misma que vi de joven en aquella taberna.
Naghí Agleshká
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