Suspiraba aliviado en mitad
de aquel torbellino de problemas, solo tenía que dejar deslizar su cuerpo por el
agujero que llevaba cavando semana tras semana, si esperaba un solo día más le
acabarían pillando, no había vuelta atrás.
“A la mierda todo”, se dejó
caer por el angosto espacio y cayó en un oscuro cuarto, pero parecía conocerlo
como conocía su celda. Se arrimó rápidamente a una pared, palpó una puerta y
con un rápido gesto la abrió, conforme entraba la luz del otro lado él ya
estaba fuera corriendo como alma que lleva el diablo. No le dio tiempo al
guarda que había de reaccionar, conforme le vio corriendo hacía él ya tenía un
puño en la cara, ¡Crack! Y nariz rota. Aquel pasillo parecía infinito a pesar
de la velocidad con la que corría y aun tenía que salir de él para llegar al
patio y salir definitivamente de su prisión.
Allí estaba, la gran puerta
que daba al patio, “¿ahora qué?”, se preguntaba ante la facilidad con la que
estaba transcurriendo su fuga.
Abrió la gran puerta con
todas sus fuerzas y pudo ver aquel gran patio en el que le habían dejado
deambular todos los días de la semana cuando el Sol está en el punto más alto
del día. Eran unos de los jardines más bellos que podía imaginar, lo cruzaría
cerca de los setos más altos para evitar ser visto y llegar con más dificultad,
pero mayor seguridad hasta el final de su destino. Todas esas rosas que
decoraban el patio, sus fuentes y árboles frutales que tan bellos resultaban,
no volverían a ser su consuelo pues ya no lo necesitaría. Ahí estaba, el gran
muro de piedra y bajo él, en el césped, la alcantarilla que daba al conducto de
salida de aguas residuales. Tenía la llave de la tapa y podría seguir el curso
de conducto hasta dar con la salida. Allá que iba, el fétido olor que subía le
pareció el aroma de la libertad, corriendo con los pies empapados en ese casi
fango, tanta basura tenía el agua que parecía fango de lo espesa que estaba. Apenas
podía ver que tenía delante, la luz tan tenue le ayudaba a no ver que era lo
que realmente pisaba y tocaba, solo esperaba ver una luz al final del conducto
y por fin ahí estaba, la luz, una gran boca al final del túnel completamente
iluminada solo tenía que pasarla y dejaría su prisión de una vez por todas encerrada
en su memoria.
Por fin, ya pasó todo,
conforme daba aquel paso traspasaba la luz. Una sonrisa de alivio iluminaba su
rostro, pero que poco duro al traspasar aquel manto de luz la oscuridad se
apoderó de todo. Miró atrás, no había luz, ni arriba, ni abajo, ni allá donde
mirase. El pánico se apoderó de él, palpaba con las manos para poder guiarse,
pero siempre chocaban con una pared conforme estiraba los brazos. Preso del
momento tan solo dijo:
“Me escapé de la prisión de
la vida para entrar en una celda más pequeña”.
Naghí Agleskhá
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