Sus ojos hundidos en aquella botella de ron
añejo eran lo más húmedo que podía encontrarse en la oscuridad del final de la
barra, no era una cliente habitual pero los acontecimientos que nublaron su
presente y futuro mientras partían en dos su pasado y su corazón dejaron una
grata propina para el tabernero, quien por no rellenar más vasos directamente,
le dejó la botella a su alcance. “Autoservicio”, exclamo él. Pocos frecuentaban
ese bar y muchos menos eran clientes habituales pero todos allí se preguntaban
como tal rostro podía aguardar tal sufrimiento, la sensibilidad parece ser más
intensa en el género femenino pero no, ella no era así, nunca lo fue y nunca lo
sería, la firmeza de su mano al sujetar la botella nos lo podía confirmar a
todos los que fuimos presentes de su angustia, quienes pese no conocer su
nombre, su origen ni los sucesos acontecidos anteriormente parecíamos sentir
que la conocíamos de toda la vida y la imaginación se desbocaba como la tinta
cae sobre el papel extendiendo la mancha que da forma a la letra, los
argumentos más comunes entre los que nos encontrábamos allí eran que
probablemente sufría por la perdida de un amor que tan sólo podía estar a su
medida, otros que era la perdida de un familiar, pero yo no se que pensar, esa
mujer podía inspirar muchas cosas pero para nada sentimentalismo extremo,
aunque sus ojos vidriosos se fundan con el cristal de la botella. Ahora bien,
con total seguridad expresaré que su corazón hacía honor al nombre del local
“La Botella Vacía”.
Naghí Agléshka
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