lunes, 17 de noviembre de 2014

La Sorpresa del Gnomo


Solo las palabras que resonaban en su mente podían dar sentido a los actos que realizaba Jimber, estaba medio trastornado desde la última vez que habló con Sinsi, la falta de expresividad en su rostro la mayor parte del tiempo solo se rompía con la malvada mueca de un cínico y sádico criminal. Puede que asustar a los enanos o los goblins sea gracioso, pero esas tremendas palizas y esa forma de humillarles solo podía acabar de una manera.
 Las noches en la ciudad de Tolder suelen ser bastante cerradas excepto por las pocas farolas que alumbran las calles, unas pocas ventanas iluminadas y como  no, la luz de los bares nocturnos. No creo que se requiera hacer saber que unas calles son más oscuras que otras y cuanto más oscuras son las calles más le gustan a Jimber. Cae la noche y acude al oscuro rincón esperando con una botella de zumo de mandrágora y uva fermentada en tonel de Ricoporte en una mano y la otra manteniéndola calida en su bolsillo.
Fulhër, 34 años, paladín de los lejanos reinos, 1,90 de altura y pesada armadura llega por primera vez a la ciudad, busca un sitio donde poder tomar una pinta y un lecho donde pasar la noche, su cuerpo curtido en la guerra y largas marchas agradece un sitio cómodo donde poder descansar.
La posada “La Sorpresa del Gnomo” es la que le recomiendan dos lugareños a los que les pregunta, así pues, pregunta su dirección y se dirige hacía ella. Finalmente llega a la última calle por la que tiene que cruzar, al otro lado la posada, oscura y fría es la callejuela, pero que calido y agradable parece su destino.
Jimber observa una gran sombra entrar en su callejón, “es más grande que un enano, “deberá ser extranjero”, piensa mientras observa a que velocidad camina la que será su próxima victima. Esta noche quiere algo duro, esta noche no quiere robar o juguetear con cuchillos, va a matarle y lo va a disfrutar.
La sombra se sitúa a su misma altura, pero la oscuridad de la zona protege a Jimber, casi puede notar el aliento de la victima a la altura de su rostro, su cuchillo le susurra que mate. Llega el momento, lanza la botella a la cabeza de su victima, estalla en mil pedazos y empapa la cara de la victima, se abalanza Jimber con cuchillo en mano y realiza dos cortes a la altura del talón de Aquiles de su victima, esta cae al suelo de rodillas, un grito de dolor afila aún más el cuchillo de Jimber, le da una patada en el culo a ese pobre desgraciado, conforme se dirige hacía delante de la victima le asesta un tajo a la altura del codo en el brazo en que se apoya. Mira fijamente a los ojos de su victima, su mueca parece alimentarse con el rostro desconcertado y asustado de ese pobre diablo, sujeta por el pelo la cabeza del hombre y deja al descubierto el cuello al que puede ver sus venas hinchadas mientras grita “NO”, desliza su cuchillo por el trágico final de la victima, ya no están hinchadas sus venas.
Se queda observando el cuerpo, tiene un collar que se ha manchado de sangre, un mineral común y barato forma la insignia de los Sacerdotes de Verde Rama, clérigos pacíficos y dados al arte de la sanación y bienestar del prójimo, pero eso no parece importarle.

Fulhër abre la puerta de la posada y escucha un grito en la calle de al lado. Un Gnomo sale corriendo de ella, se asoma a la calle con la mano en la espada y observa el cuerpo aun cálido mientras el charco de sangre llega al alcantarillado donde acabará mezclandose con el sucio barro, el olor a heces le llega hasta las narices, malditas costumbres del cuerpo humano…
Algunos que estaban en la posada se asoman también a la calle, empiezan los murmullos, las sospechas, 20 años han pasado desde el último trágico crimen en Tolder, los gnomos acusan a los goblins y los goblins maldicen a los gnomos por sus acusaciones. Pero Fulhër apacigua rápidamente las sospechas contando lo que vio, todos parecen saber quien es el autor. “Esta vez se a pasado”, “no habrá perdón”, “se veía venir”, eran los comentarios más frecuentes esa noche, Fulhër decidió ayudar a los guardias a buscar durante un tiempo a Jimber y colaborar con su merecido castigo.
Solo tres noches pasaron hasta que Jimber decidió salir de su escondrijo y volver a la oscuridad de un callejón. La noche parecía más cerrada que nunca y la niebla que como un espeso manto cubría las calles de la ciudad invitaba aún más a Jimber a hacer lo que mejor sabe, joder a los demás.
Fulhër vigilaba solo las calles a diferencia del resto de guardas, pretendía que al entregar al gnomo ante la autoridad esta le recompensase gratamente, quizás sea una actitud más propia de un mercenario que de un paladín, pero al fin y al cabo tanto uno como otro pelean por su dios, llámese Alcar (el dios de la luz) o Dinero (el dios más codicioso).
De pronto ve a un joven gnomo que se dirige a una callejuela estrecha y apagada, Fulhër avisa al individuo que es mejor que no se acerque a esas calles, un criminal muy peligroso podría estar merodeando. El gnomo agradece el aviso y decide cambiar de ruta, Fulhër se acerca a la callejuela, la mira detenidamente, la niebla inunda cada rincón, cada hueco, una presencia parece esconderse entre dos columnas situadas en una de las paredes donde se acumulan unos pocos sacos de basura, no hay más lugar que la propia niebla y esas columnas donde alguien pueda esconderse en esa callejuela, coge con fuerza su espada y se dirige hacía las columnas con su mirada fija en ellas, con cada paso incrementa su decisión de partir en dos al gnomo en cuanto aparezca. Esta a un paso de los sacos de basura, el olor a pescado podrido rezuma por esos sacos, no parece haber nada entre ellos, pero Jimber ya tiene en mano su carnívoro cuchillo. Fulhër nota algo pues acaba de escuchar una profunda respiración justo detrás, no tiene tiempo a desenvainar y proteger su retaguardia, así pues se gira dando una patada a lo que sería la altura del pecho de un gnomo. Jimber cae y la espada queda libre de su vaina.
El gnomo se ha perdido entre la niebla, pero de todas maneras si quiere herirle deberá llegar hasta la altura de su rostro pues duda que ese cuchillo pueda traspasar su armadura. Un movimiento entre la basura le alerta, dirige su mirada y su espada hacía los sacos, justo en ese momento Jimber aparece de un salto a la altura de cabeza, sus dientes parecen brillar de forma propia dibujando una macabra sonrisa entre la oscuridad, esta muy cerca como para asestar su final con la espada, pero justo a la altura para que su codo le lleve de visita al dentista.
Jimber cae al suelo con la boca ensangrentada y dos dientes colgando, el dolor es similar a cuando de niño su hermano le lanzo aquel martillo de carpintería, sus ojos pueden ver como por encima de la niebla la espada se alza para preparar el siguiente golpe, un ruido en la basura y la espada cambia de orientación, un grito se escucha, tras el grito un movimiento de espada corta el aire, la niebla y algo más. Se incorpora rápidamente y observa el cuerpo de Sinsi, mutilado, sin brazo por la altura del hombro en el suelo, el dolor le impide gritar o respirar. Automáticamente su cuerpo se abalanza contra el cuello del guerrero que esta inclinado observando el cuerpo mutilado, su cuchillo llega a clavarse entre la columna entrando por el cuello, el guerrero cae con el cuchillo incrustado en su cuerpo.
Jimber mira al paladín con su macabra mueca, arranca el cuchillo y se dirige a Sinsi. Cuantos cuentos hablan de muertes, de golpes fatídicos, todos ellos matan al instante, pero esto era la realidad, la gente no muere al instante, él lo sabe, sabe que Sinsi esta condenada a la muerte, su cuchillo le susurra que mate, se inclina, la coge por la cabeza, la mira a los ojos, tiene los ojos mas hermosos que una goblin pueda llegar a tener nunca, acerca su rostro como esperando poder inhalar su último aliento y pronuncia las más bellas palabras que una mente enferma puede llegar a decir, las pronuncia tan bajito que solo el alma de Sinsi tuvo acceso a ellas, ni siquiera yo.  La hoja del cuchillo se interpone entre los dos ventrículos del corazón de Sinsi.
Sabe que no puede seguir ahí, deja el cuchillo clavado en ella mientras le sigue susurrando que mate, observa el escenario, la niebla se disipa y sabe que el ruido de la espada al caer puede haber alertado algún guarda, piensa con velocidad y recuerda que la posada “La Sorpresa del Gnomo” tiene un desván en el que puede refugiarse y tan solo esta a dos calles de ahí. Se apresura a salir corriendo, sale de la callejuela gira a la izquierda y un reflejo silbante se dirige hacia él, la sangre cae cubriendo su rostro, fatal telón cae por su mirada, su cerebro parece quedarse atrapado en el nombre de la posada.
Se acercan los dos enanos guardas que estaban en el lugar, cae hacía atrás el cuerpo de Jimber quien aún no parecía haber entendido que él, si había tenido una muerte rápida, tanto como para no haberse dado cuenta que estaba muerto.
Ancla el enano el pie en el pecho de Jimber, mira los otros dos cuerpos en el callejón y exclama a su compañero mientras extrae el hacha, "Puto gnomo".
Naghí Agléshka.

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