La gravedad del asunto hacía que de sus manos
brotase un nervio impulsivo, la forma de coger su pluma, la forma de su
escritura, la tenue luz que llegaba a la mesa en la que se encontraba, la
cerveza medio vacía, el humo del tabaco trepando por el aire arrastrando
consigo su pesar.
Rasgó el papel como si rasgase su alma
y se inclinó para coger otro de su bolsa.Que ojos más cansados, que mirada más
triste, que rostro más castigado por los golpes al animo. Miraba el papel y
parecía hablar con él, de pronto la pluma violenta contra la pureza del papel,
desgarrando en su cuerpo palabras de llanto y dolor, de vana esperanza y
plegarias a ninguna parte. La tinta brotaba como la sangre en una herida y su
pelo del mismo color que la tinta se rizaba entre sus problemas. Mordía su
labio y apretaba su barba, la ironía de la vida y su oscuro humor le habían
llevado a un punto de íntima y aguda locura de la cual solo un sentimiento
melancólico podía extraer.
Desde la barra le miraba el tabernero, desde
las otras mesas nadie parecía prestarle atención, la soledad estaba acompañada
por la tristeza y la oscuridad de un mundo ajeno al bien.
Era cruel la forma en que el mundo se
relacionaba con él. Era cruel la forma en que su situación estaba
desarrollándose. Los suspiros enternecían la tinta del papel.
Que trágico es el deseo que quiere pero no
puede ni debe ser deseado.
Mantuvo intacto su honor a costa de su
felicidad y negó ceder al arrepentimiento su decisión.
La luz de las velas acompañaba el movimiento
de las sombras y el movimiento de los ojos siguiendo la pluma enjaulaba las
lágrimas en su alma, pues el dolor quedaba impreso en el papel.
Otra vez rompió la hoja en la que escribía,
otra vez sacó otra hoja de su bolso.
Las manos temblorosas parecían querer soltar
la pluma, hasta la tinta resultaba ser más firme que su pulso.
La botella vacía fue rellenada con tinta.
“Otra jarra” exclamó.
Apretó con fuerza la pluma en el papel,
mantuvo el puño fuerte, se ancló en el papel, el pulso se reafirmó.
Escuchó como la jarra llena golpeaba su mesa.
“¿Por qué rompe tantos papeles?” preguntó el tabernero.
“Si encierro mi dolor en estos folios que
trágica es la existencia a la que les estoy condenando” murmuró.
Llevó su mano al bolsillo y sacó unas
monedas, entonces el tabernero se las negó y le dijo lo siguiente. “Si la vida
te ha regalado problemas sin solución, yo te regalo el olvido a esos problemas.
Bienvenido a La Taberna de Tinta”.
Naghí Agléshka
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