La noche estaba cerrada, pero les daba igual. El bar estaba
abierto, pero les daba igual.
Una vez más el tiempo era suyo, ¿qué más da todo lo demás si
podían viajar, sentir, reír y cantar sin importarles nada?
Tiraban frutos secos que les servían con las cervezas a la
gente para provocar peleas y reírse un rato, escribían su nombre con navaja en
las mesas, puertas y paredes que les parecía y por si fuera poco se cogían de
la mano como si no les importase nada.
Él sacó la navaja y en su mano trazó un camino de sangre que
siguió por la mano de ella, volvieron a cogerse de las manos, volvieron a unir
sus caminos.
Puedo recordar aún el frío sonido que hacían sus jarras al brindar
y la cálida visión de sus besos en la barra del bar, como si nada más les
importase.
Fijaron su destino de bar en bar, cada vez más torcidos,
cada vez más borrachos. No pararon de reír ni pararían de caerse al suelo, a
las basuras, a las mesas y sillas de otras personas, en fin, no pararían de
caer y levantarse. Cuando sus miradas se cruzaban podían enternecer a cualquier
monstruo, cuando te cruzabas en sus miradas ¡ay! Cuando te cruzabas en sus
miradas…
Largo tiempo pasaban juntos, corto se les hacía, infinito al
fin y al cabo.
La Luna les quería seguir el ritmo, pero no podía, estaba
cansada y tenía que irse. Ellos miraban al cielo y en sus ojos quedaban
guardados todos los astros, todas las galaxias, en fin, en sus ojos… tenían el
universo entero.
Naghí Agléshka
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