Todo empezó cuando abrió aquella pesada
puerta.
“Ponme dos, hoy no estaré solo”.
Abrió el congelador y sacó dos cervezas, las
abrió y las dejó delante de él.
Sus ojos tristes parecían relucir con el
color del brebaje y su sonrisa que permanecía oculta parecía cobrar vida y
sentido.
Dejó en un lado una de las cervezas, justo
enfrente del taburete vacío que había a su lado. Precipitó sobre su garganta el
primer trago de cerveza y miró al frente, un espejo en el que se reflejaba él y
lo de detrás, se miraba en el espejo, a los ojos, desafiante a sí mismo, pero
con esa sonrisa en todo momento.
El camarero le miraba de reojo de vez en
cuando mientras pasaba un trapito por alguna que otra jarra recién lavada.
Quitó la mirada del espejo con un gesto serio
y miró al taburete, mantuvo un rato esa mirada hasta que de pronto volvió a
sonreír, cogió la cerveza, la miró con esa sonrisa y le dio el último trago que
le quedaba.
Que vacías acaban las botellas cuando deben
llenar corazones.
Las horas pasaban y los cascos de botellas
vacías se amontonaban enfrente de él, la otra botella se mantenía llena,
enfrente del taburete, acalorada por la espera la cerveza, frío el taburete en
la ausencia en que se encontraba.
De pronto una chica entraba en el local,
“perdona, ¿esta ocupada?” le miró y sonrió, sus ojos verdes podían derretir el
ártico y su sonrisa inundar el Sol.
“Sí, lo siento” dijo él, al tiempo que le
devolvía la sonrisa, el camarero que vio la escena pareció dolerse por su
respuesta, pero siguió a lo suyo.
La noche caía, las almas que antes gritaban y
bailaban a su alrededor ahora solo eran humo y besos, besos al fin y al cabo
que acabarían siendo humo también.
“No queda ni una hora para que tenga que
cerrar”, dijo el camarero con voz rota.
“Ponme las dos ultimas” le respondió mientras
miraba la cerveza enfrente del taburete.
“A esta invita la casa”
“Después de tantos años ¿a cuantas cervezas
me habrás invitado?”
“Bueno, solo espero que algún día no tenga
que ser yo quien te invite” respondió mientras dejaba enfrente suyo otras dos
cervezas.
“Si ella nunca hubiese abierto aquella puerta
seguiría sentada a mi lado día tras día. Amarga realidad es la muerte que se
riega con tragos de cebada y más amarga promesa es la que se mantiene incluso
tras la partida de una de las personas involucradas en ella”. Con dureza miró
la botella y dio un trago.
“Igual, tan solo falta que alguien le tome el
relevo para que esa promesa siga teniendo sentido”.
Entonces una voz sonó detrás suya, podía
verla en el reflejo del espejo, “perdona, he visto que estas solo todo el
tiempo, pero pides las cervezas de dos en dos ¿te gustaría compartir una
conmigo?” la chica de ojos verdes había vuelto con su mágica sonrisa.
El camarero boquiabierto les miraba mientras
rebosaba la cerveza que caía del grifo al vaso ya lleno que estaba sirviendo.
Él no dejaba de mirarla, sus ojos en los que
antes no había parecido fijarse parecía que ahora le atrapaban, apartó la vista
como si mirarla fuese algo prohibido y clavó su mirada en el taburete que
tantas noches vacío le había acompañado aguantando sobre si el peso de la
soledad.
“No, lo siento”, le devolvió la sonrisa y
tomó otro amargo trago.
Naghí Agléshka
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