martes, 23 de diciembre de 2014

La botella enfrente del taburete

Todo empezó cuando abrió aquella pesada puerta.
“Ponme dos, hoy no estaré solo”.
Abrió el congelador y sacó dos cervezas, las abrió y las dejó delante de él.
Sus ojos tristes parecían relucir con el color del brebaje y su sonrisa que permanecía oculta parecía cobrar vida y sentido.
Dejó en un lado una de las cervezas, justo enfrente del taburete vacío que había a su lado. Precipitó sobre su garganta el primer trago de cerveza y miró al frente, un espejo en el que se reflejaba él y lo de detrás, se miraba en el espejo, a los ojos, desafiante a sí mismo, pero con esa sonrisa en todo momento.
El camarero le miraba de reojo de vez en cuando mientras pasaba un trapito por alguna que otra jarra recién lavada.
Quitó la mirada del espejo con un gesto serio y miró al taburete, mantuvo un rato esa mirada hasta que de pronto volvió a sonreír, cogió la cerveza, la miró con esa sonrisa y le dio el último trago que le quedaba.
Que vacías acaban las botellas cuando deben llenar corazones.
Las horas pasaban y los cascos de botellas vacías se amontonaban enfrente de él, la otra botella se mantenía llena, enfrente del taburete, acalorada por la espera la cerveza, frío el taburete en la ausencia en que se encontraba.
De pronto una chica entraba en el local, “perdona, ¿esta ocupada?” le miró y sonrió, sus ojos verdes podían derretir el ártico y su sonrisa inundar el Sol.
“Sí, lo siento” dijo él, al tiempo que le devolvía la sonrisa, el camarero que vio la escena pareció dolerse por su respuesta, pero siguió a lo suyo.
La noche caía, las almas que antes gritaban y bailaban a su alrededor ahora solo eran humo y besos, besos al fin y al cabo que acabarían siendo humo también.
“No queda ni una hora para que tenga que cerrar”, dijo el camarero con voz rota.
“Ponme las dos ultimas” le respondió mientras miraba la cerveza enfrente del taburete.
“A esta invita la casa”
“Después de tantos años ¿a cuantas cervezas me habrás invitado?”
“Bueno, solo espero que algún día no tenga que ser yo quien te invite” respondió mientras dejaba enfrente suyo otras dos cervezas.
“Si ella nunca hubiese abierto aquella puerta seguiría sentada a mi lado día tras día. Amarga realidad es la muerte que se riega con tragos de cebada y más amarga promesa es la que se mantiene incluso tras la partida de una de las personas involucradas en ella”. Con dureza miró la botella y dio un trago.
“Igual, tan solo falta que alguien le tome el relevo para que esa promesa siga teniendo sentido”.
Entonces una voz sonó detrás suya, podía verla en el reflejo del espejo, “perdona, he visto que estas solo todo el tiempo, pero pides las cervezas de dos en dos ¿te gustaría compartir una conmigo?” la chica de ojos verdes había vuelto con su mágica sonrisa.
El camarero boquiabierto les miraba mientras rebosaba la cerveza que caía del grifo al vaso ya lleno que estaba sirviendo.
Él no dejaba de mirarla, sus ojos en los que antes no había parecido fijarse parecía que ahora le atrapaban, apartó la vista como si mirarla fuese algo prohibido y clavó su mirada en el taburete que tantas noches vacío le había acompañado aguantando sobre si el peso de la soledad.
“No, lo siento”, le devolvió la sonrisa y tomó otro amargo trago.



 Naghí Agléshka

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